Señor Director:
Septiembre nos ofrece tres fechas y, quizás, tres maneras de mirar a Chile. El 4 nos recuerda un plebiscito en que una amplia mayoría rechazó una propuesta constitucional que pretendía refundar el país. El 11 nos enfrenta al quiebre democrático de 1973 y a heridas que, medio siglo después, siguen incidiendo en nuestra conversación pública. El 18, en cambio, nos invita a algo mucho más sencillo y necesario: reconocernos como parte de un mismo espacio, llamado Chile.
Podemos elegir un septiembre dedicado a reabrir las disputas del pasado, repartir culpas y reconstruir trincheras. Algunos —consciente o inconscientemente, movidos probablemente por el algoritmo de las redes sociales— hacen de eso la dinámica, pretendiendo convertir a nuestro país en un Chile de enemigos.
Un camino alternativo es tomar las lecciones del 4 y del 11 para concentrarnos en los desafíos que tenemos por delante: recuperar la seguridad, volver a crecer, generar oportunidades a las familias chilenas y reconstruir confianzas. El mayor aliado de la polarización es el inmovilismo y la desconexión de las élites. Por ende, poner el foco en los chilenos lejos de ser buenista o ingenuo, es el mejor remedio contra el populismo y el extremismo.
Recordar es necesario. Quedarnos atrapados en el pasado, no. Crecí mi adolescencia escuchando a los incumbentes pelear sobre lo que ocurrió en Chile después de 1973. No estoy disponible a que mis hijos crezcan escuchándonos pelear por 20 años más sobre lo que pasó el 2019. El desafío de nuestra generación es precisamente ese: hacer las paces con nuestra historia y sacar las lecciones que sean necesarias —partiendo por condenar irrestrictamente la violencia— para poder hacernos cargo de nuestro futuro.
Chile ya tuvo demasiados septiembres mirando hacia atrás. Decidamos hacer de este septiembre uno que mira hacia adelante.
Diego Schalper Sepúlveda
Diputado