Señor Director:
Desde la fragata Prat, en el Estrecho de Magallanes, el Presidente Kast fijó esta semana una posición que el país comparte. Ese gesto cierra una controversia y abre una etapa. Ya defendimos lo que es nuestro por tratado. Falta construir lo que aún no hemos ocupado.
Chile tiene un eje estratégico propio, el de Magallanes, el Estrecho, la Antártica y el Pacífico Sur. Definirlo desde la confianza, y no desde la reacción, es hacer política exterior con sentido de Estado.
El calendario apremia. En 2048 cualquier parte consultiva podrá pedir la revisión del Protocolo de Madrid, que prohíbe la minería en la Antártica. Ese día tendrán voz los países con presencia efectiva, no con declaraciones.
El Centro Antártico Internacional de Punta Arenas, que debía inaugurarse este año, se proyecta hoy para 2028 con la mitad del presupuesto. Necesitamos una Estrategia Austral 2048, con metas verificables y continuidad más allá de los gobiernos, con Punta Arenas como puerta a la Antártica.
No partimos de cero. Los pioneros del siglo XIX, sin caminos ni Estado presente, abrieron Tierra del Fuego y levantaron en Punta Arenas una ciudad que miraba al mundo cuando el resto del país aún no miraba hacia el sur. Y los Presidentes llevaron la bandera cada vez más lejos: González Videla, primero en pisar la Antártica, en 1948; Piñera, que en 2014 inauguró Glaciar Unión y firmó allí la Ley Antártica; y en 2025, por primera vez, un Presidente chileno en el Polo Sur. Distintos gobiernos, una misma vocación.
Quienes acompañamos al Presidente Piñera a la Antártica conocimos ese entusiasmo. “Magallanes no es el fin del mundo; es el comienzo de un mundo nuevo”, repetía. El Presidente Kast acaba de defender ese mundo. Convertirlo en política de Estado es la tarea de esta década, y su Gobierno puede encabezarla.
María Irene Chadwick Larraín