El decepcionante desempeño de la actividad económica es, indudablemente, la noticia más relevante del escenario económico chileno reciente. Pero más que preocuparse por los datos, corresponde ocuparse de la situación, lo primero siendo entender qué hay detrás.
Los argumentos que se han dado en otras ocasiones para explicar las sorpresas negativas apuntan a fenómenos de oferta y de recursos naturales, en particular la minería; al shock energético de comienzos de año y a la postergación de proyectos a la espera de que se aclaren los contornos de la Ley de Reconstrucción. Vale la pena revisitar estos tres aspectos.
Por lo pronto, destaca el impacto de la minería en el resultado del mes. Es notable que el Imacec minero de julio, descontada la estacionalidad, se ubique un 10% por debajo de su promedio entre 2024 y 2025. Magnitudes de ese orden difícilmente se explican por ruido estadístico y requieren un análisis más detallado. También es cierto que tuvimos temporales en julio, lo que incidió transitoriamente en algunos servicios.
Los efectos del shock energético deben entenderse en dos dimensiones. La primera es el efecto sobre el ingreso nacional. De acuerdo con cifras del Banco Central, las importaciones intermedias de combustibles entre marzo y julio alcanzaron US$ 6 mil millones, es decir, más de US$ 1.500 millones por sobre el mismo período de 2025. Es un shock de ingreso nacional de magnitud, del orden de US$ 4 mil millones en un año calendario, o sea, más de 1% del PIB. De haberse compensado con subsidios, el efecto en las cuentas fiscales habría sido significativo y habría equivalido a una política fiscal expansiva.
La segunda dimensión son las expectativas. Más allá de discusiones sobre nuestro nivel de debate político, creo que la confianza o las expectativas responden a fenómenos concretos en la economía. Por ello, más que causante de la debilidad económica, creo que las expectativas son el reflejo del menor poder adquisitivo, que también se materializa con mayor inflación. Ese es el factor fundamental que deteriora el gasto privado.
Finalmente, está el efecto en la inversión del proyecto de Reconstrucción. Es interesante notar que las estadísticas habituales de expectativas empresariales, como el IMCE, se deterioraron tras el shock petrolero, pero no cayeron tanto como las expectativas de los hogares y, de hecho, tuvieron un pequeño repunte reciente. Esto, junto con el tren de inversiones comprometidas en minería y energía, hace suponer que el efecto en la inversión es transitorio, asociado más a la espera de las reglas del juego que a un deterioro de la rentabilidad esperada de los proyectos.
Con ello, no debiera extrañar que la economía crezca más de 3% el 2027 si este año crece cerca de 1%, y si ese es el caso no es necesario implementar políticas paliativas de orden macroeconómicamente relevante, como bajar la TPM o dar un impulso fiscal de corto plazo. Pero como buena parte de esa aceleración sería por base de comparación y reversión de shocks, una cifra de esa magnitud no despeja las dudas sobre el crecimiento de largo plazo. Entre 2024 y 2025 la economía creció 2,5% en promedio. Si en 2026 y 2027 crecemos lo mismo en promedio, significa que no ha habido mayor cambio, aparte del shock transitorio del 2026 por las razones expuestas. Es un resultado que debemos mejorar para un país que necesita financiar demandas sociales crecientes y una población que envejece.
Crecer de forma sostenida más cerca de 3,5% requiere seguir empujando reformas procrecimiento y de productividad en el mercado de capitales, en el mercado del trabajo y en la capacidad de innovación de nuestra economía. Un mercado de capitales que recupere profundidad y capacidad de financiar proyectos de largo plazo; una regulación laboral que facilite la reasignación de trabajadores hacia labores más productivas y que fomente la capacitación. Tenemos buenos diagnósticos respecto de que la tasa de impuesto corporativo, el grado de permisología y la distorsión del sistema de indemnizaciones por años de servicio nos desalineaban de estándares internacionales. Es hora de que también consideremos ocuparnos del hecho de que nuestro gasto en innovación y desarrollo, además de la fuerza de trabajo dedicada a esos temas, está muy por debajo de los mismos estándares internacionales. Reformas en estos ámbitos no producen efectos inmediatos. Ocuparse, en este caso, significa también separar lo transitorio de lo permanente y concentrar los esfuerzos en lo segundo.