En las últimas dos semanas, las diferencias entre las derechas dejaron de ser tácticas y se muestran claramente por lo que son: ideológicas. Tales rivalidades dentro de la “fronda aristocrática” —la élite socioeconómica— disminuyeron en la segunda mitad del siglo pasado. Conservadores y liberales llegaron unidos al gobierno de don Jorge Alessandri (1958-1964) para, inmediatamente después, sufrir una histórica derrota electoral frente a la DC.
Entonces decidieron fusionarse en el Partido Nacional, que, tras el golpe civil-militar de 1973, se autodisolvió a favor de la dictadura, la cual también terminó con las demás fuerzas políticas. No significa que la derecha haya cedido el poder. Según confirma el análisis histórico, fueron los civiles de derecha quienes dieron forma a esa revolución o contrarrevolución, instaurando una nueva estructura política autoritaria y un orden económico neoliberal.
En los años ochenta, las derechas vuelven a organizarse. Dan lugar a la UDI, generación nucleada en torno a Jaime Guzmán, al gremialismo y a la idea de “democracia protegida” consagrada en la Constitución de 1980. A su turno, Renovación Nacional agrupó a los círculos tradicionales, a caudillos locales y a un segmento aperturista dispuesto a una transición institucional.
Reunidos en la Alianza por Chile y, después, en Chile Vamos, estos partidos llevaron a Sebastián Piñera a La Moneda en dos ocasiones, con una fórmula a la vez moderadamente liberal y declaradamente gerencial. En noviembre de 2025, sin embargo, esa derecha fue desplazada en primera vuelta por Kast, quien en seguida llegó a la presidencia con el Partido Republicano al mando, la compañía amistosa del PNL (Kaiser) y el incómodo apoyo subalterno de Chile Vamos.
A poco andar, el Gobierno fue revelando las antinomias que lo habitan, manifiestas en el gabinete, en los partidos, en la prensa y en las redes sociales. Son contrastes en las concepciones de mundo, las interpretaciones del país, las relaciones con el pasado y las visiones de futuro.
Por un lado, las derechas asociadas con la dureza, la seguridad pública, un orden punitivo y la intención de restablecer los vínculos morales, religiosos, familiares y jerárquicos de la nación. Una derecha iliberal, como ahora comienza a reconocerse públicamente. Por otro lado, las derechas tradicionales, que evocan una inspiración burkeana, la separación de poderes y las principales libertades de la democracia liberal. Aceptan la crítica, se autorregulan ante el adversario y buscan acuerdos; por ello, se las fustiga como “derechita cobarde”.
Ambas derechas se enfrentan hoy en el terreno doctrinario. Y la disputa se reduce a una pregunta elemental. ¿Puede la democracia derrotar al crimen organizado sin armar un Leviatán dispuesto a gobernar en la excepción, suprimiendo derechos y libertades?