Solemos dar nombres a períodos históricos. Algunos brillantes, otros ominosos. Para mí 2019 a 2024 debería conocerse en nuestros anales como “la locura”. Por irracionalidad política, violencia callejera y sus procesos electorales y constitucionales.
Es el título adecuado para tiempos en que diputados aplaudían a la primera línea; las fuerzas políticas no respetaban las instituciones de la República y renunciaban a sus deberes, radicándolos en las calles, en las que algunos exigían bailar para cruzarlas o ardían recintos universitarios, bienes públicos y privados e incluso iglesias.
Del comienzo del fin de ese ciclo, celebramos un aniversario, pues nada lo representa más que la Convención Constitucional y el Plebiscito del 4 de septiembre de 2022; cuando 7.891.415 chilenos evitaron un salto al abismo y un profundo retroceso. Un resultado colosal, aunque aún sorprende ese 38%, incluyendo columnistas y expertos, que aprobaban un texto excesivo en forma y fondo, alejado de la historia y tradición de Chile.
Hoy surgen voces que reivindican la “Constituyente” o plantean que el error fue el número de reformas. Por ello, es esencial entender las razones del inmenso fracaso.
Es fácil perderse en la anécdota vergonzosa: el dinosaurio azul y Pikachu; el estilo y substancia de discursos, a veces acompañados con peluches y velas; el voto en la ducha; Rojas Vade; sahumerios, bailes, desnudos y ¡tantos otros actos impropios de un trabajo serio! Todo eso contribuye, pero no es lo central. Tampoco la razón se encuentra en fake news, bots, la prensa, empresarios o la tesis de que solo fueron más rápidos que la capacidad de comprensión del pueblo.
La amplitud del resultado se explica —por una parte— como una reacción contra el diseño y comportamiento de la Convención y, por otra, como un rechazo al texto.
Era una asamblea radical, identitaria y desmedida (desde sus reglamentos a sus actitudes); que reaccionaba con slogans en contra de todas las categorías intelectuales fundantes de los mejores 30 años de Chile; que reunía y potenciaba (por ambientes políticos y errores de modelo electoral) a todas las izquierdas y fundamentalismos, quienes, además, creían que la historia había quedado escrita. Un cónclave que abusó del insólito concepto de página en blanco; que sobrerrepresentaba a los pueblos originarios; que unía a independientes, sin responsabilidad mayor; y que creía vanidosamente ser el órgano más importante desde la Independencia.
Con todo, lo más grave fue el texto en sí, con sus 445 artículos, y que pudo ser aún más extremista de haber representado a la gran mayoría de la Convención y no a dos tercios de sus integrantes.
A escala mayor, autonomías territoriales indígenas sin límites; múltiples sistemas de justicia; eliminación del Senado; un Estado regional inorgánico; más de 100 derechos; bienes comunes de la naturaleza; decenas de principios imposibles de interpretar; debilidad progresiva de instituciones y la creación —sin estimación de costos— de numerosos órganos y autoridades con rango constitucional.
También, temas menores que consagraban en ¡una Constitución! referencias a las semillas, ferias libres, circuitos cortos de la economía, patrimonio culinario, manejo de residuos, cooperación en la investigación del espacio, bomberos, derecho al placer, organizaciones deportivas democráticas y un extenso listado.
Por lo anterior, una inmensa mayoría (incluyendo miles que habían mirado con esperanza su inicio) votaron por el Rechazo. Todas las regiones y cerca de 340 comunas (contra ocho); cada uno de los quintiles de ingreso y todos los géneros y edades; en las comunas con mayor identificación indígena y con mayor concentración de población mapuche… ¡Más de tres millones de votos que la otra opción!
Cada 4 de septiembre debemos celebrar esa prudencia y racionalidad que dijo No a una Convención y propuesta fallida, símbolos de un tiempo de locura.
Expresidente de la Cámara de Diputados y exvicepresidente adjunto de la Convención Constitucional