Hace cuatro años, el país despertaba de un delirio refundacional que algún día será recordado como uno de los mayores extravíos de la historia de Chile. Los delirios de esa envergadura no se explican solo por líderes o movimientos radicales que los alientan y animan. Tan importantes como ellos son los que debiendo haber levantado la voz callaron y los que se hicieron cómplices del extravío justificando lo injustificable.
Ni el nazismo, ni el comunismo, ni el fascismo triunfaron en los países solo por un líder carismático y demente; los que no quisieron ver lo evidente, los que callaron, los que aplaudieron (aunque fuera en última fila) debiendo haber resistido, tienen una responsabilidad crucial en esos momentos históricos que definen si los países caen al abismo o se salvan de él.
Hay demasiados ejemplos de ellos. En el caso de Chile, la mayoría de los dirigentes de nuestra centroizquierda se plegaron irresponsablemente a una aventura constitucional que contradecía su propia historia política. Como si se hubieran olvidado de que ellos pactaron, ellos condujeron e hicieron la transición y que gobernaron en los demonizados años de “su” Concertación. La constatación del silencio cómplice de nuestra clase dirigente, de la que uno hubiera esperado consecuencia y valentía y lucidez política, fue lo que explica el nacimiento del Movimiento Amarillos por Chile.
Recuerdo perfectamente las llamadas telefónicas de Óscar Guillermo Garretón, Darío Contador y Mario Waissbluth (fueron los primeros con los que hablé en enero de 2022), y luego las conversaciones con mi amigo escritor Mauricio Electorat y luego con tantos, antiguos y destacados dirigentes (exministros, exsenadores) y simpatizantes o militantes de izquierda, el estupor compartido ante la deriva de un proceso constitucional convertido en un aquelarre de pulsiones iliberales e identitaristas.
Siento por todos ellos (no puedo nombrarlos a todos) mucha gratitud, por su valentía y arrojo. Nos sentíamos solos: nuestros antiguos compañeros de ruta habían abdicado ante la euforia y fanatismo de la Lista del Pueblo, el Partido Comunista y la irresponsabilidad de un Frente Amplio que no hizo nada para parar la catástrofe. ¿Por qué ese entreguismo, esa obsecuencia? No había explicaciones razonables y no podíamos resignarnos a esa abdicación colosal que terminó convirtiendo a la centroizquierda, a la larga, en un actor irrelevante que aún no se recupera de su error político injustificable bajo ningún punto de vista.
Pero decidimos dar testimonio, aunque fuéramos una minoría dentro de nuestro sector, aunque sabíamos que nos expondríamos a la cancelación, al desprecio y que nos motejarían de “traidores”. Y lo hicimos con una carta que se viralizó y se convirtió en un manifiesto de resistencia a la regresión iliberal de nuestra centroizquierda democrática: “Manifiesto amarillos por Chile”. La carta se publicó en la radio Pauta, en una semana ya miles la habían firmado (en pocos días fueron 70.000) y, ante nuestra propia sorpresa, un movimiento ciudadano surgió espontáneamente y se organizó a lo largo de Chile. Era el naciente pueblo Amarillo.
Exmilitantes socialistas, democratacristianos, radicales, PPD, incluso excomunistas, y miles de personas anónimas, recorrieron Chile esos meses llevando un mensaje de esperanza: “no todo está perdido”, a pesar de que en las encuestas el Apruebo parecía que iba a triunfar cómodamente. Fue una cruzada que nos retrotrajo a la épica del “No” en el Plebiscito del 88.
Nos insultaron, nos funaron, incluso dirigentes de ese sector que hoy parecen olvidar de qué lado estuvieron entonces, nos ridiculizaron. Pero nada paró la “marea amarilla”. Relato los pormenores de esa cruzada de apóstatas en mi libro “El pedestal vacío”. Hoy el general Baquedano regresó al pedestal y cualquiera que ose dar un paso en la dirección de “cambiar” la Constitución se expone a un rechazo transversal (el Gobierno acaba de experimentarlo).
El país de hoy no es el mismo de hace cuatro años. Recuerdo los rostros de miles de chilenos “amarillos” en todas las regiones del país que, exponiéndose a la intolerancia de una parte de nuestra izquierda, al fascismo de facto que esta practicó (funando, atacando domicilios, cancelando en universidades y trabajos), lo dieron todo, con heroísmo y convicción democrática. Nunca los olvidaré.
Yo ya he regresado a mi “mundo” (la política lo fue transitoriamente), el Partido Amarillo se disolvió y lo vivido me parece como un sueño lejano. Tengo guardada la bufanda amarilla que un dirigente amarillo me regaló y con la que solía asistir a los actos, manifestaciones y declaraciones.
Todavía en la calle, a veces, hay gente que se me acerca y pregunta cómplicemente: “¿dónde está su bufanda amarilla?”. Y coloco mi mano en el corazón. Ahí está, junto al amor por Chile, por su historia democrática y por una izquierda democrática que espero, algún día, regrese de su largo extravío. Porque algún día el pueblo amarillo y dirigentes a la altura de ese pueblo volverán a reencontrarse con la historia de Chile, para asegurarle un futuro mejor.