Y pasó la megarreforma, demostrando que avanzar rápido en caminos que parecían imposibles, es posible.
Si este gobierno quiere ser transformacional, debe hacer todas las reformas de ese tipo en no más de 12 o 18 meses, para no entrar en período eleccionario. Y después de este gran logro, hay varias otras emergencias que abordar, entre ellas la crisis del empleo en Chile, como bautizó acertadamente David Bravo al estado de nuestro mercado laboral.
Aquí hay cosas realmente abismantes, por ejemplo en el tema de las 40 horas, donde no he visto a nadie que haya explicitado su impacto real en una empresa pequeña. Si suponemos una pyme donde 70% de sus insumos son trabajo y 15% capital, y que tiene un pequeño margen de ganancia en el rango de 15%, las 40 horas le impactan reduciendo ese margen de 15% a 6,5%, con todo lo demás constante, haciendo así difícil su subsistencia económica. Ya la reforma previsional le puso otra gran carga, equivalente aproximadamente a 4 puntos porcentuales de margen, pero que todos hemos acordado que es indispensable.
Aunque es inviable políticamente derogar una ley así, se podría proponer que, resguardando este supuesto derecho social, se establezcan nuevas reglas para su aplicación. Por ejemplo, mientras la tasa de desempleo masculino, femenino y de jóvenes, cada uno por separado, sea mayor que 6%, el límite de 40 horas no aplicará, y una vez alcanzadas se volverá a aplicar gradualmente. Así lo graduamos para que todos solidaricemos con los millones de personas sin trabajo. ¿No es razonable pedir esa solidaridad entre trabajadores y cesantes?
El sueldo mínimo es otro problema para la creación y mantención del empleo. Su impacto también se puede mitigar estableciendo una regla, sacándolo del ámbito de las negociaciones políticas con una ley: mientras la tasa de desempleo no cumpla los niveles anteriores, el reajuste será menor a la inflación. Una vez alcanzado esto, el reajuste anual nunca podrá ser mayor que los aumentos de productividad laboral de los 3 años anteriores. Esta es una regla que, asegurando condiciones mínimas en el mundo del trabajo, no genera el tan indeseado desempleo.
Así, sin eliminar beneficios sociales, nos hace a todos solidarios con el más de un millón de cesantes, con una tasa de casi 10% y peor en mujeres y jóvenes. Es, además, una palanca muy de fondo para la emergencia en seguridad, ya que el empleo da a los jóvenes mejores alternativas que sumarse a actividades ilícitas.
Hoy queremos que Chile vuelva a crecer, pero no solo eso: que vuelva a crecer más que el promedio mundial, que cree empleos, que son la base para recuperar algo básico, la esperanza.
Un país con un mercado laboral deprimido languidece en desesperanza, sobre todo de los jóvenes. Voy a ir más allá: ojalá que, en todas las materias, más que ir a copiar políticas dudosas de otros países, seamos nuevamente el lugar donde los otros vienen a mirar qué es lo que ha hecho Chile para progresar más que el resto, como pasa con Irlanda, Singapur o Estonia. Necesitamos coraje, como se demostró en la megarreforma, y si no somos corajudos para abordar la emergencia laboral, dejaremos a millones de chilenos desamparados y fuera del carro del progreso deseado. ¡Vamos por más!