Mientras fue candidata a la presidencia, Jeannette Jara intentó construir un estilo y un relato de cierta moderación. Obvio: una postulación comunista pura y simple estaba, como siempre, condenada al más absoluto fracaso. La estrategia de nada sirvió, pero a pesar de su derrota estrepitosa, Jara salió de la elección como “una comunista buena”, tan buena, que se pensó que ya no era una buena comunista, y que iba a abandonar las filas del leninismo criollo.
No solo no se fue, sino que ahora, pocos meses después, posa de buena comunista con sus declaraciones sobre el Foro de Madrid, al que calificó de encuentro “fanático, dogmático, como es la ultraderecha… en el cual se hace efectivamente una posición política extrema, como lo son las ultraderechas”. Son expresiones que se agradecen, porque nos recuerdan, una vez más, el manual de la semántica comunista, muy elemental filosóficamente hablando, pero también muy eficaz para mantener viva esa lucha agonal de la que se nutre el PC. Es bien sabido que, sin el enfrentamiento con “el enemigo”, el comunista se queda sin causa.
Quienes no están dispuestos a pactar con ellos, son fanáticos; quienes no comparten una coma de sus absurdas tesis sobre la liberación de la humanidad, son dogmáticos; quienes les recuerdan todos sus fracasos en Chile y en el mundo —el mayor y más grave de los cuales son los millones y millones de muertos que han causado— son miembros de la ultraderecha y difusores del odio.
En efecto, se asoma en las declaraciones de Jara un aviso muy concreto: a los intentos por calificar como “discurso del odio” toda opinión histórica que no coincida con las publicaciones de las izquierdas, se suma ahora la pretensión de cancelar toda discusión política que tenga por parámetros conceptos como patria, tradición, autoridad, familia, seguridad, libertad responsable y otros que cultivan esos “fanáticos y dogmáticos” conservadores, bueno, ya se sabe, esos que para el PC son, en realidad, unos “fascistas” y nada más.
No está ausente en la mirada de Jara, tampoco, la nostalgia por el monopolio del internacionalismo. Porque hubo unos tiempos en que se cantaba la Internacional, puño en alto, en los cinco continentes, pero poco a poco se fueron apagando las voces, los coros se despoblaron y hoy quedan apenas unos cuantos solistas envejecidos, por ahí por Corea del Norte, en Cuba y, por cierto, en la banda desafinada del Partido Comunista de Chile. Si comprueban que a los proletarios del mundo ya no les interesa estar unidos, hay que evitar a toda costa que sus “enemigos de clase” puedan coordinarse internacionalmente. Que haya ahora otros que busquen la cooperación en ideas y en experiencias compartidas, para servir mejor a sus pueblos, no, eso sí que no puede tolerarse. Y quizás esa intolerancia se exprese en gritos y piedras, para impedir la normal realización del Foro de Madrid. Las JJ.CC. necesitan quemar energías.
Si alguna vez se ha dudado de la existencia de algo así como “la mentalidad totalitaria”, Jara nos ha recordado cuán presente está ese marco mental en la pequeña porción de chilenos que se embriagan aún con la borra del leninismo, aunque de Stalin obviamente han preferido olvidarse.
No sé qué se va a decir en el Foro de Madrid en Santiago. Tampoco formulo profecía alguna sobre las conclusiones del encuentro. Pero sí parece muy necesario que se reitere esta convicción: hay que enseñar el marxismo de Marx y el leninismo de Lenin, hay que enseñar historia del movimiento comunista mundial, hay que enseñar historia de la ya más que centenaria acción devastadora del Partido Comunista en Chile. Porque “el mejor comunismo” es el comunismo conocido.