Como rayo fatídico surgido de la nada, amigos, conocidos y vecinos recibieron la noticia del inesperado fallecimiento de Abel González. Junto a este filósofo se desplazaba una sombra que era un haz de luz. Unía en su palabra y gestualidad la calidez y la capacidad de escuchar, sin traicionar huella de impaciencia; sobre todo, transmitía un humor esperanzador, de suave escepticismo relativo a la naturaleza humana, con inagotable humor e ironía de buen gusto.
Esa palabra revelaba un lenguaje sofisticado en el fondo, sencillo en su expresión concreta, con la que alcanzaba a todos, de capitán a paje, habla cotidiana sin vulgaridades, alta divulgación de un pensamiento que conocía en sus textos originales, y que decantaba con espontaneidad en conversaciones casuales. En estas páginas Cristián Warnken lo definía como “filósofo de la calle”, porque su alma pensante llevaba consigo en sus encuentros azarosos ese puente entre lo más recóndito de una idea junto a su expresión en la conversación con todo ser que se le acercaba a saludarlo (eran legiones).
La personalidad irradiaba también a su mundo, Viña del Mar, Valparaíso y el Cerro Castillo, uno de los últimos que sobreviven en la zona. Llegó a personificar un humus local, de ciudad, barrio y calle, esa capa profunda, fértil, de donde surge el vigor para criar una civilización que representa el juego fecundo entre la alta cultura y la cultura popular (no la cultura de masas), sin perder ninguna de ambas su rica especificidad. Esa es la con-versación, el versarse mutuamente, compañero indispensable al ser civilizado.
Qué gran contraste con la vida académica de hoy, sometida a la implacable e ilusoria industrialización de la ciencia, no solo por la falsificación encubierta como la indexación en humanidades. Esto lleva a plantear y cada día más a practicar un retorno a la oralidad en las evaluaciones (amén del lápiz y papel), lo que se podría parecer a una fatídica regresión a métodos superados; o, quizás más prometedoramente, ¿a una reanimación de la oralidad como forma esencial del intercambio, incluso intelectual? Además de Abel González, tuve la fortuna de tratar a dos ejemplos señalados, Godofredo Iommi y Julio Retamal, animadores de la escena cultural donde se fundían la idea y la apariencia.
La escritura conlleva su pecado original. En los diálogos socráticos (Fedro), en un célebre pasaje de lamento por el empleo de la escritura en desmedro de la pura memoria, se dice que “…no es, pues, el elixir de la memoria, sino el de la rememoración lo que has encontrado. Es la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que procuras a tus alumnos; porque, una vez que hayas hecho de ellos eruditos sin verdadera instrucción, parecerán jueces entendidos en muchas cosas no entendiendo nada en la mayoría de los casos (…) se habrán convertido en sabios (solo) en su propia opinión”.
No se puede recuperar el pasado, pero sí rescatar algunos de sus rasgos en un nuevo contexto. En medio de la vorágine virtual, un retorno meditado a la oralidad, en lo que se pueda, podría constituir un dique de contención parcial al barbarismo poscivilizado. La inteligencia artificial no va a resolver los dilemas de la vida, utopía ramplona y embaucadora. Solo la esperanza, que presupone la desesperanza, puede lograr un atisbo de verdad en la esfera del espíritu, del arte, de las letras y del pensar en general. Si imaginamos a las instituciones académicas compuestas solo de profesores como los aquí nombrados, las veo encallar en la inoperancia. Con todo, sin ellos habrá una fábrica de papers. El pensar de las humanidades brillará por su ausencia.