Señor Director:
Para volver a crecer, debemos reducir los impuestos al 1% más rico. No importa que seamos uno de los países más desiguales del mundo y que, de acuerdo con el World Inequality Database, ese 1% concentre el 40% de la riqueza nacional. Lamentablemente, hacer a ese grupo más poderoso y acaudalado es la única forma de que Chile vuelva a tener dinamismo económico, aun con el deterioro fiscal como daño colateral. Enriquecer a unos pocos nos hará más prósperos a todos.
Los derechos y las condiciones laborales se expandieron de forma desmedida durante el gobierno anterior y se nos pasó la mano con el salario mínimo. No hay otro camino para bajar el desempleo que abaratar el costo del trabajo. Podemos querer más tiempo para nuestras familias, pero debemos permitir la mayor flexibilidad posible para organizar los horarios; para ello basta con que el empleador lo acuerde libremente con cada trabajador. Nos encantaría que los trabajadores tuvieran más derechos, pero aquello no es compatible con una baja tasa de desempleo.
Si queremos reducir los homicidios y derrotar al crimen organizado, es indispensable transitar hacia un gobierno más autoritario, con atribuciones excepcionales para el Presidente. Cuando está en juego la vida de los chilenos, no podemos darnos el lujo de una democracia plena, con los debidos contrapesos institucionales y con todas las libertades civiles intactas. Necesitamos una Constitución que proteja a los buenos y sea durísima con los malos, y nadie mejor que el Presidente para determinar en qué grupo está cada uno.
Esos son los tres dilemas que ha instalado el gobierno de Kast en sus casi seis meses de mandato y que, en conjunto, describen su ideología: concentrar el poder en unos pocos como la única forma de mejorar la vida de todos.
Pero ninguno de estos dilemas tiene asidero empírico ni histórico. La mayoría de los países desarrollados alcanzaron esa condición con más igualdad que nosotros y con Estados que recaudaban más y de forma más progresiva. Su crecimiento tuvo otros cimientos y eso les permitió crecer de manera más inclusiva. La expansión de los derechos laborales convivió con las décadas doradas del capitalismo, tanto en inversión como en creación de empleos de calidad. Y los países más seguros del mundo son democracias con instituciones fuertes y defendidas transversalmente.
Estos dilemas solo existen en el mundo de Kast y de sus partidarios: ese club internacional que se reúne en Chile el 3 y el 4 de septiembre. No tienen a su haber ni siquiera un país que haya alcanzado el desarrollo sobre la base de este recetario. Ninguno de ellos ha conducido a su patria hacia la prosperidad. Ninguno. Pero tienen convicción y un gran entusiasmo por sus ideas, las que celebrarán por estos días, junto con reconocer a nuestro Presidente como uno de sus alumnos más destacados.
Nicolás Grau
Exministro y director de Rumbo Colectivo