A lo largo de mi carrera como crítico literario me ha tocado, en más de una ocasión, sentarme junto a otros a la mesa de un jurado. Esta tarea de tener que preferir a uno sobre otros es siempre incómoda. De partida ocurre que aquello que se pretende evaluar, incluso dentro de una misma categoría, es de una naturaleza tan disímil que cuesta dar con un rasero común. Cada autor es un universo.
Se suele hablar del juicio literario como si fuera una operación de medida, casi geométrica: se pesan méritos, se comparan trayectorias, y al final del proceso emerge, con la solidez de un teorema, el nombre justo. Nada más lejano a la experiencia real. El valor literario no se deja medir con un metro fijo, igual en todas partes; cada obra parece imponer sus propios criterios de excelencia, de modo que comparar una novela con una crónica, o una trayectoria de treinta años con una obra reciente y deslumbrante, es comparar mundos que no admiten una unidad común.
La dificultad, además, no es solo de método sino de época. Vivimos tiempos en que categorías como lo bello o lo sublime, con las que Occidente pensó el arte durante siglos, se han vuelto sospechosas. Y sin embargo, contra esa sospecha generalizada, un jurado se ve obligado a insistir, cada vez que se sienta a deliberar, en algo que hoy suena casi anacrónico: que las obras se pueden jerarquizar, que hay, en efecto, mayor o menor calidad literaria, y que negar esa posibilidad no es humildad sino renuncia. En toda deliberación se sopesan, además, argumentos que no son reducibles unos a otros: uno defiende la audacia formal de una obra; otro, la hondura de una trayectoria sostenida en el tiempo; un tercero, la capacidad de una escritura para incomodar a su época y sus convenciones. Ninguno anula por completo al otro, y sin embargo hay que llegar, al final de la tarde, a un solo nombre.
De ahí que en todo juicio literario habite, inevitablemente, una buena dosis de incertidumbre, de equívoco, de apertura al error. No se trata de una falla que un jurado más diligente podría corregir, sino de algo constitutivo del oficio mismo de juzgar literatura, agravado hoy por la crisis de las categorías con que antes se juzgaba sin tanto pudor. El juicio literario, incluso el de jurados probos, no está exento de ceguera, de prejuicio, de la miopía propia de quien juzga desde dentro de su época y no puede ver, todavía, lo que el tiempo termina por revelar con algo más de claridad. Se decide sabiendo que se puede fallar, y aun así hay que decidir.
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