Señor Director:
En tiempos en que la academia suele medir el éxito por indicadores de investigación, conviene no olvidar que una sala de clases también puede ser el lugar desde donde se deja una huella profunda y duradera.
Hoy se cumplen diez años desde el fallecimiento de mi padre, Francisco Rosende Ramírez. Fue un apasionado economista, profesor universitario, decano, director de empresas y columnista de este diario. Para mí era sobre todo un extraordinario padre de familia.
Hoy, inmerso en el mundo académico y en su misma disciplina, me pesa no haber aprovechado la oportunidad de conocer mejor su faceta como economista y profesor.
Me cuento entre quienes solían considerar que el impacto de un académico se mide por sus publicaciones en revistas científicas. Con el tiempo he ido comprendiendo que esa visión es incompleta. A lo largo de esta década, numerosas personas —académicos, profesionales, autoridades y exalumnos— se han acercado espontáneamente para contarme cuánto influyó mi padre en sus vidas: no solo les enseñó economía; despertó en ellos la curiosidad intelectual, los motivó a pensar con mayor profundidad los problemas del país y, en muchos casos, los inspiró a dedicar su vida a esta disciplina.
Recuerdos como estos adquieren especial relevancia en una época en que se discute si la inteligencia artificial podría reemplazar a los profesores. La IA puede explicar conceptos con un nivel de detalle y personalización difícil de igualar por una persona. Pero ¿podrá despertar en un alumno la curiosidad intelectual, transmitirle entusiasmo por una disciplina y motivarlo a dedicar su vida a ella? Esa capacidad de inspirar a otros es una de las contribuciones más valiosas de un profesor y ha de ser valorada por todos quienes se dedican a la educación o a las políticas públicas que la impactan.
Francisco Rosende J.