La polémica surgida a raíz de la decisión del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación de priorizar ciertas disciplinas —más bien tecnológicas— para asignar las becas de posdoctorado, devino en una sobre la desvalorización que ello implicaba para las humanidades, y, a partir de eso, en la importancia que ellas tienen en el mundo contemporáneo.
Desafortunadamente, el debate se ha presentado como un enfrentamiento entre las ciencias (y sus derivaciones) y las humanidades.
Ese debate es heredero de otros anteriores, recogidos por C. P. Snow en su libro de 1959 “Las Dos Culturas y la Revolución Científica”. A partir de la década de 1990, el grupo de intelectuales y divulgadores de la ciencia aglutinados por el editor John Brockman en el sitio web edge.org., dio surgimiento al movimiento “La Tercera Cultura”. Este plantea superar el histórico enfrentamiento entre las dos culturas de Snow —la científica y la humanista— a través de una tercera, que no es la síntesis de las anteriores, sino la expansión del quehacer científico hacia disciplinas y saberes que tradicionalmente se consideraban parte de las humanidades, y que el avance científico está abordándolas con creciente éxito.
Entre ellas se encuentran las ciencias sociales y humanas —muchas veces consideradas parte de las humanidades— que estudian las regularidades de la conducta humana, incluyendo el estudio de las emociones, gatilladoras de esas conductas, y las relaciones que todo aquello tiene con el funcionamiento del cerebro, el sustrato material donde todo lo anterior ocurre y se genera. Más aun, incluye también al elusivo tema de la conciencia, al que la ciencia está aportando avances cada vez más importantes.
De manera que las ciencias sociales y humanas forman parte, así entendidas, de las ciencias y no de las humanidades. Son disciplinas que examinan las regularidades que presentan las conductas individuales y colectivas de los humanos, que adoptan la perspectiva evolucionaria para formular sus hipótesis y la rigurosidad del método científico para testearlas empíricamente, sometiéndolas luego al juicio de los pares.
Las dificultades para desarrollar acertadamente una agenda de ese tipo son formidables, por razones que la propia ciencia ha mostrado, al explicar la emergencia de fenómenos “complejos”, como los humanos, a partir de los “simples”, como los de la física. Esa dificultad no significa que las ciencias sociales deban entregarse únicamente a la especulación teórica.
Aun así, hay quienes ven en la inaccesibilidad a la subjetividad de las personas un impedimento para estudiar objetivamente los fenómenos mentales y sociales. Aunque esa dificultad es real y no menor, si se toma en serio, llevaría a abandonar todo intento por entender la conducta humana. Pero como la subjetividad de cada persona ocurre al interior de su conectividad neuronal y el historial de interacciones que esa conectividad ha tenido con el entorno —salvo que se siga creyendo en el dualismo mente-cuerpo—, entonces no hay mejor método que el científico para desentrañarlas, y para comprender sus modos de operar.
Por otra parte, la riqueza del mundo de las humanidades proviene de las profundas preguntas que los seres humanos se han planteado desde tiempos remotos. Entre ellas, el sentido de la vida, su finitud, la inexorabilidad de la muerte, cómo debe ella ser vivida, qué es lo virtuoso o el origen de la belleza. Varias de ellas no pertenecen al ámbito de la ciencia, ni la ciencia está en condiciones de resolverlas; por ejemplo, el sentido de la vida y la forma en que debemos comportarnos a lo largo de ella. Sin embargo, tener un mejor conocimiento científico de nosotros y del mundo que nos rodea entrega mejores herramientas para abordarlas.
Entender la biología que conlleva a la inexorabilidad de la muerte, y cómo funciona nuestro cerebro, nos permite entender mejor nuestras reacciones frente a ella. Escudriñar los mecanismos mentales que están tras nuestros juicios morales, algo que la ciencia está haciendo con creciente éxito, nos entrega mejores herramientas para abordar los dilemas morales a los que nos enfrentamos. Y así. Las humanidades se enriquecen con la ciencia, aunque no se completen con ella.
De ahí que, mucho más que enfrentar a las ciencias con las humanidades, es necesario converger la comprensión que la ciencia está desarrollando —respecto de nuestra biología, nuestra psiquis y nuestro comportamiento, entre otros— con las preguntas que plantean las humanidades. Pues, como dijo E. O. Wilson, el más grande desafío que enfrenta nuestra mente es conectar las ciencias con las humanidades. A esa tarea debemos dedicar nuestros esfuerzos.