Resulta evidente que, en general, los medios de comunicación están siendo complacientes con el desempeño del actual gobierno. También lo están siendo algunos sectores liberales, y ni qué decir iliberales (ya sean estos confesos o camuflados), e incluso algunos expartidarios de la entonces Concertación y Nueva Mayoría. El poder es un pegamento al que se adhieren las sustancias más diversas y su proximidad es como un imán que ejerce gran fuerza de atracción a variados sectores y a disímiles y oportunistas sujetos.
Iliberales los hay en el actual gobierno y muchos exhiben una inequívoca biografía de tales. Algunos de ellos niegan esta filiación doctrinaria y sostienen que para no ser calificados de esa manera les basta con no saltarse las reglas de la democracia ni atentar contra la libertad de prensa, sin tomar en cuenta la más amplia dimensión ética del liberalismo, consistente en la autonomía de los individuos para formarse y adoptar creencias acerca del bien y de lo que debe hacerse para lograrlo. Así es como nuestros iliberales parecen no tener más discurso ni relato que la seguridad pública y el crecimiento de la economía, pasando por alto, a vía de ejemplo, la imposición de escuchar los latidos del corazón del feto a toda madre que opte por abortar en alguna de las tres causales autorizadas, y lo mismo ocurre con la negativa del Senado chileno para empezar a debatir sobre eutanasia luego de que esta fuera aprobada por la Cámara de Diputados; o prohibir de plano la reproducción asistida; o propiciar el freno o veto a nuevas tecnologías en vez de regularlas; o que conductas ilícitas ya penadas por la ley incluyan nuevos castigos adicionales por actos de “vandalismo” o “incivilidad” incorporadas a un lapidario registro público; o embestir contra organismos nacionales e internacionales de derechos humanos que tienen una base moral ampliamente compartida y son de aplicación universal.
Los iliberales, se reconozcan o no como tales, abierta o encubiertamente, son contrarios al liberalismo, salvo al de carácter económico, por supuesto, y ojalá llevado al extremo, omitiendo que las democracias modernas incluyen un amplio haz de libertades —partiendo por las de pensamiento y de conciencia—, entre las cuales no es dable elegir como si se tratara de un menú de comidas. Es por eso que se habla de “democracia liberal”, una forma de gobierno que no consiste solo en un conjunto de reglas procedimentales para la adopción de decisiones colectivas. Las democracias actuales no pueden prescindir del sustento teórico y práctico de un conjunto de libertades que se conocen muy bien y que los derechos nacionales y el derecho internacional declaran en sus textos normativos, a la vez que los gobiernos se esfuerzan por proteger y expandir. De allí que ser liberal constituya una exigencia muy alta, y que, al no serlo, se arriesgue quedar sujetos a dogmas, muchas veces de tipo religioso, o sea, a verdades firmemente establecidas y seguras —fijas, perennes e irrebatibles— que provendrían de la divinidad o de una moral objetiva y absoluta.
“Iliberal” suena como “no liberal”, aunque en verdad se trata de “antiliberales” que confunden la acción política con el poder militar y que suelen abrazar, consciente o inconscientemente, la más discutible de las versiones del liberalismo —el neoliberalismo—, una doctrina, esta última, que finge no existir para, de ese modo, tratar de pasar desapercibida y permanecer ajena a todo examen crítico.
Y vaya paradoja, entonces: se trataría de iliberales que se comportan como neoliberales.