¿Qué hace que alguien se convierta en un impostor? ¿En una persona que asume y proyecta una identidad distinta a la propia? ¿Que se cambia de apellido, de nacionalidad, hasta de carácter? No pienso en los fugitivos de una dictadura, para quienes la impostura puede ser necesaria para su sobrevivencia, ni en los espías, para quienes es requerida para el ejercicio de su oficio. Pienso en personas que se vuelven impostores porque sí.
El tema ha sido tratado por novelistas, especialmente conscientes, ellos, de la línea delgada que separa la realidad de la ficción. Un ejemplo: la novela llamada El Impostor, publicada por Javier Cercas en 2014. Bio-ficción sobre Eric Marco, un sindicalista español, describe cómo él se hacía pasar por sobreviviente de los campos de concentración. Provocaba lágrimas contando su vida de heroico republicano antifranquista, capturado por los nazis. ¿Habrá intuido que sería desenmascarado algún día, como lo fue en 2005? ¿Tal vez se volvió adicto a la adrenalina con que el riesgo lo nutría?
En Reino Unido se está vendiendo como pan caliente London Falling (Londres cayéndose), un libro del connotado periodista Patrick Radden Keefe. Cuenta el caso, real, de Zac Brettler, un joven de clase media, nieto de rabino e hijo de una periodista del Financial Times, que al dejar el colegio se aleja de su familia para fingir ser Zac Ismailov, hijo de un fallecido oligarca ruso que él inventa. Su mamá viuda no vive, según él, en el aburrido barrio londinense de Maida Vale, sino en Dubai. Y se hace popular ofreciendo financiar grandes inversiones con los inmensos recursos de su supuesta familia rusa.
Tiene problemas de caja Zac, y se endeuda; y desde luego, el dinero para los grandes proyectos nunca le llega. Muere en 2019, a los 19 años, caído al Támesis de un quinto piso. Nunca se sabrá si fue suicidio o un intento de escaparse del dueño del departamento en que estaba, un gánster que se ganaba la vida como cobrador de deudas. Se podría haber salvado si no fuera que al caer se golpeó con la barrera de cemento que bordea el río.
¿Qué lo motivó a Zac? Tal vez, como a Eric Marco, la adrenalina que le generaban la aventura, el peligro, el riesgo de ser descubierto. También una maldita insatisfacción. No le bastaba con su familia, buena, respetable, responsable, pero sin grandes ambiciones. Maldita insatisfacción, y grandiosidad.
Pero ¿quién no tiene algo de Zac? ¿No son él, y Eric Marco, metáforas, hipérboles de pulsiones que nos pueden nacer a todos? Y ¿qué decir de los que les creen? ¿Son crédulos no más, o necesitan creerles por alguna carencia propia?
En Reino Unido ha habido otro caso reciente. Uno trágico. El de Jason Arday, un académico negro nombrado hace 3 años catedrático de “sociología de la educación” en la Universidad de Cambridge, cuando tenía solo 37. Todo bien, hasta que se fue descubriendo que su tesis doctoral incurría en plagios, y que había mentido, o exagerado, al describir su lucha contra el autismo y la discriminación racista. Cuando fue desenmascarado, renunció a la universidad. Nueve días después, este 14 de agosto, lo encontraron muerto.
Impostor, sí, pero también víctima de una universidad que quería jactarse de su diversidad al acoger a un profesor que era a la vez negro y neurodivergente. Arday fue víctima de sus propios desvaríos, sí, pero también de la credulidad interesada de Cambridge. Mañana jueves la prestigiosa editorial Simon & Schuster lanza su autobiografía. Intuyo que, con sus extravagantes hipérboles, será un éxito de ventas.
Es que no habría mentirosos si no hubiera gente a quien le gusta o le conviene creerles. Por ejemplo, es casi un lugar común decir que los políticos mienten y que algunos mienten casi por defecto. Pienso en Trump. Pero en 2024 más de 77 millones quisieron creerle: votaron por él.
Será que, en la posmodernidad, la verdad se ha debilitado tanto que ser impostor es ya casi un derecho.