Señor Director:
El domingo 23, dos alcaldes plantearon la necesidad de construir políticas de Estado y recuperar un diálogo fraterno que ponga a Chile por delante. Compartimos ese propósito, nadie podría restarse. Pero sería un error pensar que la crisis de nuestra democracia se explica principalmente por la forma en que conversamos y que, recuperando el buen trato y la capacidad de llegar a acuerdos, comenzaremos a resolverla.
El problema es más profundo. Durante mucho tiempo la política ha medido su éxito por alcanzar acuerdos y no por transformar esos acuerdos en soluciones. Para un ciudadano la diferencia es evidente: un acuerdo que no cambia nada en su vida termina siendo otra promesa incumplida.
Quienes somos alcaldes vemos esa distancia todos los días. Las personas no llegan al municipio preguntando si existe consenso sobre seguridad, vivienda o salud. Llegan porque tienen un problema y esperan que alguien sea capaz de resolverlo. Esa experiencia debiera recordarnos algo elemental: la legitimidad de las instituciones también depende de su capacidad de funcionar.
Lo mismo ocurre con la confianza: se recupera cuando frente a la corrupción se investiga; cuando existen abusos, hay consecuencias; y cuando un compromiso se anuncia, alguien responde por su cumplimiento.
Debemos tener cuidado con una política demasiado satisfecha consigo misma, en el claroscuro del aplauso de la élite y la indiferencia del resto. Podemos conseguir grandes acuerdos entre dirigentes y tener una ciudadanía que siente que nadie escucha sus problemas.
Chile necesita acuerdos, diálogo y mejor política. Pero el acuerdo es un instrumento, no un resultado. Durante décadas celebramos una democracia capaz de alcanzar acuerdos. Llegó el momento de exigir también una democracia de los resultados: que ponerse de acuerdo no sea el final de la noticia, sino el comienzo. Después hay que ejecutar, medir y demostrar que la vida de las personas mejoró.
Agustín Iglesias
Alcalde de Independencia
Sebastián Sichel
Alcalde de Ñuñoa