Hace ochenta y tres años, entre el 5 de julio y el 23 de agosto de 1943, se libró en una estepa de tierra negra del sudoeste de Rusia, junto a la actual frontera con Ucrania, una de las batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial: Kursk.
En un terreno ondulado, surcado por barrancos y por los ríos Seim y Psiol, con campos de trigo y centeno, por cincuenta días se concentró la mayor energía humana y tecnológica que era posible reunir. Las cifras dan la medida. Cerca de 2,7 millones de combatientes: 1,9 millones soviéticos y entre 780 mil y 900 mil alemanes. Ocho mil blindados, 35 mil cañones y morteros, cinco mil aviones. Y el desangre. 200 mil bajas alemanas, más de 860 mil soviéticas, entre ellas 254 mil muertos, desaparecidos o prisioneros.
En Occidente —Hollywood mediante— solemos contar otra historia. Los hitos de la derrota de Hitler son la batalla de Inglaterra, Normandía, Sicilia, El Alamein. Todos fueron importantes y costosos. Ninguno alcanzó la escala de Kursk. La campaña de Normandía movilizó fuerzas parecidas —dos millones de aliados, 640 mil alemanes—, con el doble de aviones frente a una Luftwaffe ya diezmada. Pero Kursk reunió siete veces más piezas de artillería y en cincuenta días dejó el doble de bajas que Normandía en casi tres meses. Sicilia y El Alamein fueron operaciones mucho menores: ninguna de las dos reunió un tercio de los hombres que estuvieron en Kursk.
Kursk no dejó una victoria resonante. Pero allí terminó la última gran ofensiva alemana en el Este y la iniciativa pasó definitivamente al Ejército Rojo. Allí comenzó a definirse el mundo que surgió en 1945, y que hoy se deshace.
Las bajas civiles en Europa occidental —Francia, Bélgica, Países Bajos e Italia— bordearon las 450 mil; en la URSS superaron los 13 millones. Una parte enorme murió de hambre planificada; otra, en fusilamientos masivos.
Leningrado estuvo cercada 872 días. El 22 de septiembre de 1941 el alto mando alemán consignó por escrito la decisión de Hitler: borrar la ciudad de la faz de la tierra. Murieron más de 600 mil personas, casi todas de hambre. En el Este, la empresa de exterminio comenzó mucho antes de las cámaras de gas.
Después de Kursk el Ejército Rojo avanzó hacia el oeste y no se detuvo. Ucrania entre 1943 y 1944, Bielorrusia a mediados de 1944. En agosto de 1944 cruzó las fronteras soviéticas y entró en Rumania. Desde julio de ese año ocupó Polonia; Varsovia esperó hasta enero de 1945. Hungría cayó entre octubre de 1944 y abril de 1945. Berlín capituló el 2 de mayo. Siete días después, el Ejército Rojo entró en Praga.
Ochenta y tres años después, la estepa es lo que era antes de julio de 1943: una de las regiones agrícolas más fértiles del mundo.
La historia también volvió sobre sus pasos. En febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania. Fue una agresión: ningún sacrificio del pasado la vuelve otra cosa.
En agosto de 2024, en una ofensiva sorpresiva, tropas de Kiev cruzaron la frontera y ocuparon durante meses parte de la provincia de Kursk: la primera ocupación de territorio ruso por un ejército extranjero desde la Segunda Guerra Mundial. En el mismo suelo donde rusos y ucranianos combatieron juntos contra la Wehrmacht, hoy se matan entre ellos.
La geopolítica, que tres décadas de comercio global parecían haber vuelto irrelevante, ocupa de nuevo el primer plano. Y con ella, la pregunta por los aliados, que suele responderse invocando el pasado: quién estuvo, quién puso los muertos, a quién debemos qué.
Si de eso se trata, conviene hacer bien las cuentas. Cerca del 80% de las bajas militares alemanas se produjo en el suelo de la desaparecida URSS. Ya casi nadie lo recuerda. Ni lo reclama.