Cuando Barack Obama proclamó su política del “Giro al Asia”, tenía en mente la emergencia de China como potencia mundial, el desafío que imponía esa realidad a la influencia de EE.UU. a nivel global y, en el ámbito regional, lo que percibía como una amenaza a sus principales aliados, Taiwán, Japón y Corea del Sur. La idea tras el “giro” era restar importancia al Medio Oriente en su política exterior para focalizar recursos en Asia, porque se veía que en el futuro sería China la que demandaría mayor atención en la estrategia de seguridad y defensa. Donald Trump no se ha mostrado tan preocupado de esta arista de las relaciones como de la competencia económica que lo ha llevado a una virtual guerra comercial, no solo con Beijing, sino con la mayoría de los países del mundo.
Pero la rivalidad entre las dos superpotencias tiene un elemento de seguridad que se manifiesta en tensiones militares directas en la región del Mar del Sur de China, donde Estados Unidos ha tenido desplegados fuertes contingentes navales y también tropas en los países aliados. Así, en Corea del sur hay unos 20 mil soldados del ejército y ocho mil de la fuerza aérea, mientras en Japón son más de 50 mil los militares de distintas ramas. Cada cierto tiempo, China deja sentir su capacidad bélica en los mares adyacentes, con ejercicios militares alrededor de Taiwán, como los de diciembre pasado, o en otras áreas de su entorno. Hay tensiones también entre Beijing y otros países, como Vietnam, Tailandia o Filipinas, por reclamaciones superpuestas en islas aledañas.
Si bien solo han sido amagos, los movimientos alarman y alertan a las fuerzas militares, justificando la presencia de EE.UU. en la región como un actor que puede intervenir, pero sobre todo disuadir para que las amenazas no se conviertan en realidad. Su poderío naval es un ingrediente fundamental en el esquema defensivo de la alianza en la región. Por eso, el traslado del portaaviones USS George Washington desde Japón al mar de Omán, para reemplazar al USS Abraham Lincoln, que también había sido llevado desde Japón, deja a la zona vulnerable y abre interrogantes sobre la voluntad y el compromiso de Washington con la seguridad y defensa del Asia Pacífico.
Una confusa señal frente a las dos Coreas
Un factor clave para la necesidad de disuasión en esa zona es Corea del Norte, aliada de China y regida por una dictadura militarizada, que representa una amenaza directa e impredecible sobre la región, con su conocido poderío nuclear y de misiles balísticos que pueden llevar carga atómica. La presencia de los militares norteamericanos en Corea del Sur ha sido vital para evitar que Pyongyang haga avances, y la permanente colaboración entre los dos países ha sido muestra del interés y preocupación de Washington por la seguridad y estabilidad regionales. Sin embargo, con las duras críticas al manejo de la guerra contra Irán y el empantanamiento del conflicto, Trump está dando señales confusas sobre sus próximos movimientos en el ajedrez mundial. Sus declaraciones y anuncios parecen más bien distracciones que una estrategia coherente para mantener el liderazgo norteamericano.
Sin avances en las negociaciones con Teherán, la semana pasada, luego del vencimiento del cese el fuego acordado en el memorándum de entendimiento firmado en junio, Trump puso su atención en el Asia y ordenó a sus fuerzas armadas reducir “sustancialmente” la duración (a la mitad del tiempo) de los ejercicios militares con Sudcorea, una decisión inesperada que no fue informada a Seúl sino hasta último momento. Su explicación fue desconcertante, pues, además de decir que eran “costosos”, agregó que “envían una señal inapropiada y hostil contra un país que mientras Donald Trump ha sido Presidente” ha sido un amigo respetuoso. Añadió que Sudcorea no lo apoyó en la guerra contra Irán, que pone dificultades a las inversiones norteamericanas y que debería contribuir más al financiamiento de las tropas estacionadas en su territorio. Además, como corolario, anunció que se reuniría con Kim Jong-un antes de fin de año, lo cual fue recibido por el liderazgo norcoreano con indiferencia y escepticismo, respondiendo con una salva de misiles de corto alcance, el jueves, en una muestra de su potencial capacidad de daño a los vecinos.
Anunciar una cumbre que no está en la agenda puede ser una jugada arriesgada de Trump, pues Kim ya no es el mismo que se reunió con él en 2018 y 2019, cuando abandonó abruptamente la cita sin llegar a ningún acuerdo, dejando al norcoreano humillado y enojado. Hoy, Norcorea tiene más de cincuenta armas nucleares y una experiencia bélica en Ucrania, donde ha contribuido con tropas y artillería, en el marco de un acuerdo estratégico con Rusia y un acercamiento con China que han terminado con su aislamiento. Para aceptar una cumbre, Kim pondría condiciones, partiendo por el reconocimiento de que es una potencia nuclear. Para Seúl, un acercamiento con Norcorea no es despreciable, si eso baja la tensión bilateral. Por ahora, sabe que no puede defenderse sin el paraguas de EE.UU. Por eso está dispuesto a apaciguar a Trump y hacer ciertas concesiones, como aumentar su gasto en defensa.