Los muros de la Universidad de Cambridge —fundada en 1209— han visto pasar todo tipo de escándalos: amorosos, monetarios, literarios y políticos (como los famosos “cinco de Cambridge”, que espiaban para Moscú). Pero entre los más trágicos está el del profesor Jason Arday, encontrado muerto hace pocos días. Se cree que fue un suicidio.
Arday había contado muchos detalles de su vida a la prensa, como su familia humilde, su diagnóstico de autismo y retraso del desarrollo a los tres años, y que no aprendió a leer y escribir hasta los 18. Pese a ello, estudió en la universidad, obtuvo un doctorado en Liverpool John Moores University e inició una veloz carrera académica. A los 37 años, Cambridge lo nombró Professor of Sociology of Education. Se convirtió en la persona negra más joven en obtener una cátedra ahí y en una figura de gran atractivo público, gracias a la promoción realizada por la universidad.
Hace semanas, Jason Arday volvió al foco noticioso, pero por distintas razones. Un reportaje de The Telegraph planteó duras interrogantes sobre su tesis doctoral y el manejo del caso. Se supo, además, que un periodista había realizado una extensa investigación sobre plagios e inconsistencias en su biografía, pero no la publicó tras ser denunciado a la policía por “acosar” al académico (le había enviado por mail preguntas sobre su carrera).
Arday negó haber plagiado su tesis, alegó ser víctima de racismo y la universidad de Liverpool consideró que en ella solo había errores “honestos y razonables”, manteniendo su validez. Pero varias universidades negaron haberlo recibido como académico visitante, como decía su biografía, y aparecieron nuevas contradicciones. A principios de agosto, la Universidad de Cambridge anunció una investigación sobre la integridad académica de Arday, quien ese mismo día presentó su renuncia. El 14 de agosto fue encontrado muerto en su casa.
El caso expone, con crudeza, distintas problemáticas que hoy cruzan el mundo académico, en especial en la esfera humanista. Y no son problemas ingleses, los vemos también en Chile. Aulas donde hay buenos y malos, amigos y enemigos. El contraste entre el supuesto peso que tienen los currículums y publicaciones y la poca acuciosidad con que, a veces, se chequean esos datos. Los peligros de modas, cuotas y ambientes mediocres, que abren las puertas a profesores sin mérito o soslayan la calidad, por razones extraacadémicas. Y los riesgos de una exposición mediática que puede volverse en contra.
En Chile, en los últimos días hemos presenciado un debate sobre las humanidades y las ciencias sociales, sobre su importancia y necesidad. Resulta clave que esta discusión, para que sea fructífera, no se quede en declaraciones pomposas y estridentes. Que se discuta en base a afirmaciones serias, datos relevantes, propuestas interesantes. En un ambiente mediocre, descalificador y donde se esquivan aristas relevantes, cada día puede ser peor. Así lo muestra el triste caso de Jason Arday.