Hablaremos muchos días —ojalá años— sobre la Carta a los Empresarios, del cardenal Fernando Chomali. Hay en ella reconocimientos al talento y esfuerzo humanos, a la dignidad de la persona y mucho más. Lo que cabe resaltar hoy es la humildad desde la cual se dirige un príncipe de la Iglesia (como le recordara hace un tiempo la exministra Orellana, imaginando que lo ofendía), a quienes movilizan en Chile la economía y el empleo.
En el ejercicio del poder la modestia no puede entenderse jamás como timidez, tibieza, cobardía. Es, más bien, un punto de referencia que advierte que toda investidura y las decisiones que de ella se desprendan son más pequeñas que el destino común, de la empresa, la Iglesia o la República. Y que siempre deberán ser sometidas no solo a los contrapesos formales, sino también al escrutinio público. Mantener sobre la mesa esa campana invisible previene que, en la ansiedad por actuar en tiempos exigentes, se cometan errores y permite reconocerlos a tiempo.
La política multiplica expresiones de arrogancia, más fundadas en la frivolidad y la ventaja electoral que en el interés por enderezar caminos. Conocimos esta semana el informe de una comisión propuesta por diputados oficialistas para investigar la actuación de varios ministerios frente a los actos de violencia entre el 18 de octubre de 2019 y el 11 de marzo de 2026.
Pretendían “investigar” en cuatro meses las potestades institucionales (presupuestos, decretos, relación con otros poderes del Estado, etc.) durante un período de siete años, incluyendo la crisis más compleja por la que ha atravesado el país desde el retorno a la democracia. Quienes aprobaron el informe —cruzado de excesos y omisiones— no solo se enojan por las críticas, también se autoinvisten de héroes, por lo que, a su juicio, ha sido un acto de valentía.
Aun cuando la voluntad que lo mueva sea otra, falta modestia cuando el Presidente de la República califica el trabajo de sus ministros como “espectacular” o “increíble” (la mayoría hace un buen trabajo, los adjetivos superlativos no los ayudan). Cuando resalta los logros de su gobierno para refundir a continuación a los gobiernos anteriores en un solo capítulo de inferior calidad que el que escribe desde el 11 de marzo, obviando contextos políticos y sociales. Se aleja de esa cualidad, cuando advierte a los parlamentarios que deberán responder ante sus electores si rechazan una propuesta constitucional, ampliamente observada por su preocupante orientación, reduciendo las legítimas diferencias a la mera negativa de fortalecer la seguridad.
Monseñor Chomali le pide al mundo empresarial exactamente lo mismo que la República exige a la clase política: entender que el poder —económico o institucional— no pertenece a quienes lo ejercen. Y que el proyecto común es más grande que los resultados o las cuotas de poder partidario.
Esa modestia es perfectamente compatible con la competencia por convocar la adhesión ciudadana y las estrategias para comunicar decisiones. E incluso con el despliegue público para marcar las debilidades del adversario, sea desde el tono más áspero o el más convocante.
Nos faltará vida para constatar cuántos grandes de la historia entendieron que, aun en la mayor gloria, fueron más pequeños que el destino que contribuyeron a forjar. Desde Santa Elena, con su reconocido ego subyugado al destierro, Napoleón Bonaparte admitió que “mi verdadera gloria no consiste en haber ganado cuarenta batallas... Lo que nada destruirá y vivirá eternamente es mi Código Civil”.