Señor Director:
Qué interesante y reveladora columna la del viernes de Loreto Cox. Me recordó una junta de amigos jóvenes que tuve hace unas semanas, éramos seis y yo era el único con hijos.
Por supuesto salió el tema, ya que una de las mujeres presentes estaba en la duda de tener o no; todos, a excepción mía, les aconsejaban que no. ¿Las razones? Ninguna era esencialmente económica, sino que eran del tipo “mi tiempo para el deporte”, “mi tiempo para las clases de cocina”, “mis viajes”, “mis horas intransables para dormir”, “mi cuerpo ya no será igual”, “mi”, “mi”...
Por supuesto que la decisión de tener hijos o no es legítima, pero lo preocupante es la esencia individualista que hay de trasfondo. Si eso lo extrapolamos a otros ámbitos, ¿entonces por qué voy a “perder mi tiempo” por los seres queridos, por la familia, por los amigos, por los colegas del trabajo, por el vecino, incluso por el país?
Este asunto es multifactorial, pero hay algo clave que lo explica en gran parte: hemos perdido el sentido de comunidad.
Aníbal Ortiz D.
Ingeniero comercial