Los mercados han observado con preocupación el fuerte repunte en las tasas de interés de la deuda soberana de largo plazo de varios países desarrollados. El epicentro ha sido Estados Unidos, pero las causas y consecuencias exceden a Washington, y para las economías en vías de desarrollo gana vigencia una lección tan antigua como urgente: frente a la incertidumbre, nada protege más que tener cuentas fiscales en orden.
Bonos, intereses y deuda
Cuando un gobierno se endeuda, emite bonos del tesoro y la tasa de interés que paga por ellos —es decir, el “rendimiento”— determina el precio de la obligación contraída. Y es precisamente este precio el que se ha disparado. A mediados de agosto, el rendimiento del bono estadounidense a 30 años superó el 5,3%, su nivel más alto en 19 años, mientras el de 10 años se empinó sobre 4,7%.
Y el fenómeno no fue aislado. Los “rendimientos” de los bonos alemanes treparon recientemente a máximos de quince años, la deuda larga británica se acercó a 5,85% y las tasas de Francia y Japón alcanzaron cotas no vistas en décadas. Así, el encarecimiento del crédito soberano emerge como un fenómeno global, fuertemente influido por el hecho de que, cuando el activo considerado más seguro del mundo, la deuda del Tesoro estadounidense, se encarece de esta forma, reordena el precio del riesgo para todos los demás.
Ante la escalada, el Tesoro de EE.UU., a cargo de Scott Bessent, anunció el miércoles que duplicaría sus recompras de deuda larga. La autoridad fiscal planteó pasar de US$ 2.000 millones a al menos US$ 4.000 millones por operación. Su justificación fue la necesidad de mejorar la liquidez de un mercado que “no refleja los fundamentos”. Así, no solo el cambio en la política sorprendió a los mercados, sino también la facilidad para intervenir de forma algo arbitraria a tan gigantesca escala.
Minutos luego del anuncio, las tasas largas experimentaron caídas importantes. Sin embargo, el alivio fue transitorio. Bastó una nueva tensión en el frente iraní para borrar la mejoría: el jueves, la tasa a 30 años volvía a elevarse por sobre el 5,25%.
Lo anterior demuestra la complejidad de al menos tres fenómenos que confluyen para presionar las tasas largas en EE.UU. El primero es una competencia inédita por el ahorro: el financiamiento de la inteligencia artificial y de los centros de datos ha empujado la emisión de deuda corporativa a un ritmo récord, drenando recursos que antes fluían hacia el fisco y las empresas. El segundo es la propia trayectoria fiscal estadounidense, cuya deuda federal acaba de superar los US$ 40 billones y cuyo servicio consume del orden de US$ 3.000 millones diarios solo en intereses. El tercero es el alza del “term premium”, la compensación adicional que exigen los inversionistas cuando perciben más riesgo. Y respecto de esto último, cualquier presión inflacionaria demanda mayor retorno. De ahí el efecto del conflicto en Medio Oriente y el cierre casi total del estrecho de Ormuz, que ha mantenido el petróleo brent sobre US$ 90, reavivando el temor a una nueva ola de alzas de precios.
Las consecuencias ya se sienten. En EE.UU., las tasas hipotecarias a 30 años rondan 6,7%, encareciendo el crédito de hogares y empresas. Adicionalmente, los altos intereses reducen el atractivo de las acciones, generando alteraciones en los portafolios. En el mundo desarrollado, el alza sincronizada de rendimientos anticipa condiciones financieras más estrechas y un crecimiento más costoso de sostener. Y se agrega el efecto fiscal, pues por cada punto que suben las tasas, se encarece refinanciar una deuda que va al alza. Así, más deuda exige más intereses y más intereses exigen más deuda.
Economías emergentes, el impacto más severo
Cuando las tasas de los países avanzados se elevan, sus monedas y activos se vuelven más atractivos, y el capital gravita hacia ellos. Esa reasignación presiona la salida de inversiones desde los países emergentes, con dos efectos inmediatos: una depreciación de sus monedas, es decir, un tipo de cambio más alto (y las consiguientes presiones inflacionarias), y un encarecimiento del financiamiento externo justo cuando más se necesita. Es el mecanismo que, una y otra vez, ha transformado un shock financiero externo en un problema doméstico en América Latina.
Chile no es inmune, por lo que las autoridades económicas deben ser cautas. Para el Banco Central, el desafío es leer con cuidado la elasticidad del spread de tasas respecto del tipo de cambio. Si esa sensibilidad es alta, un alza de las tasas largas en el mundo desarrollado o una reducción de la tasa local mal calibrada pueden traducirse en depreciación e inflación importada. En una economía cuyo crecimiento ya viene debilitado, tal estrechamiento del margen no es un ejercicio teórico, sino una restricción práctica.
Aquí está, entonces, la lección de fondo. Frente a un escenario externo que no se controla, la única defensa verdadera de un país pequeño y abierto al mundo es la que se construye en casa. Un país con cuentas equilibradas y una economía que se expande resiste mejor la incertidumbre externa, mientras que uno endeudado y estancado enfrenta el riesgo de sufrir por partida doble. Es de esperar que los esfuerzos de la actual administración para terminar con el estancamiento y retomar la responsabilidad fiscal, relajada durante la última década, no lleguen demasiado tarde.