Cuando el cardenal Fernando Chomali anunció en ICARE su intención de escribir una “Carta a los Empresarios”, la noticia despertó especial interés, porque la información la entregó en una ocasión convocada para conocer el contenido de la última encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas.
Conocido su contenido, lo que asoma es un gesto de enorme generosidad intelectual y espiritual de la máxima autoridad eclesiástica del país. El cardenal decide mirar de frente al mundo de la empresa, no para condenarlo desde la comodidad del prejuicio, sino para comprenderlo, interpelarlo y, sobre todo, convocarlo a una reflexión madura para seguir construyendo un mundo empresarial más integrado y desafiante.
La Carta del Cardenal merece ser leída con atención dentro y fuera del empresariado.
El éxito de las empresas de hoy es un imperativo mucho más amplio que el beneficio de sus integrantes. Vivimos un tiempo de transformación y cambio en la propiedad de las empresas, en que la figura del empresario individual, heredada de la Revolución Industrial, ha cedido su lugar a una realidad corporativa donde la propiedad es cada vez más amplia.
Los enormes volúmenes de inversión que exigen la tecnología, la logística, los insumos sofisticados y un personal cada vez más calificado, han dispersado la propiedad entre grupos empresariales, múltiples accionistas, fondos de inversión y, muy especialmente, los fondos de pensiones. Dicho de otro modo: hoy millones de trabajadores, muchos probablemente sin saberlo, tienen una participación en importantes empresas a través de sus fondos previsionales. Entender esta nueva realidad cambia por completo la percepción del mundo empresarial. El foco ya no está en una pugna entre un dueño y sus empleados, sino en el desafío de gestionar responsablemente para agregar valor, generar trabajo de calidad, contribuir a la sociedad, adaptarse a un mundo cambiante y exigente, y aportar, en variadas formas, para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
El mensaje del cardenal a los empresarios no cae en una tendencia frecuente a la generalización indebida. La Encuesta Bicentenario de la Universidad Católica revela año tras año una paradoja: los chilenos tienden a mirar con desconfianza a “las empresas” en abstracto, pero valoran mayoritariamente a la empresa en la que trabajan. Esa distancia entre el juicio genérico y la experiencia cotidiana debería obligarnos a todos a la prudencia.
Condenar en bloque a un sector que da empleo, que sostiene familias y que produce los bienes y servicios de los que vivimos, es tan injusto como hacerlo con cualquier otro grupo humano, sin las distinciones que impone la objetividad. El cardenal nos recuerda explícitamente que la empresa está integrada por personas, por lo que el buen trato y el interés común es indispensable en la cotidiana relación entre sus integrantes.
Otro aspecto interesante de esta carta es lo relativo a la inteligencia artificial en el mundo del trabajo. El cardenal no la demoniza ni la idolatra: la sitúa. Advierte que, sobre todo en los servicios, podría actuar como un factor de sustitución del trabajo humano. Por ello, nos convoca a anticiparnos, para que el progreso tecnológico no se traduzca en destrucción de empleo, sino en nuevas oportunidades. Es una responsabilidad que el empresariado debe asumir sin ingenuidad y sin miedo, invirtiendo en capacitación, en reconversión de oficios y en un acompañamiento que ponga siempre a la persona por delante de la tecnología.
Pero quizás lo más valioso de la carta es aquella parte en que se refiere a los aspectos cotidianos que se dan al interior de las empresas. El cardenal nos recuerda que se trata de una comunidad de personas unidas en torno a un interés común que impone, como requisito indispensable para su sustentabilidad, cultivar el respeto, el interés sincero por el otro y conductas que hagan más amable e integradora la vida del trabajo.
Promover la armonía y una cultura de pertenencia no necesita de una ley ni se basa en una norma obligatoria: solo se requiere voluntad, cercanía y humanidad. A eso nos convoca el cardenal en su carta.
Renzo Corona
Presidente de ICARE