El acta fundacional de la Federación de Medios de Comunicación Social es del 7 de febrero de 1992, y en su primer artículo señala la convicción “de que los medios son indispensables para la existencia y el desenvolvimiento de una sociedad que garantice las libertades democráticas y los derechos de las personas”.
En esos años, tras el asesinato del senador Jaime Guzmán, en el Congreso comenzaron a discutirse fórmulas cercanas a la censura previa, con el pretexto de que los medios publicaban información útil al terrorismo. La respuesta de los medios fue apostar por la autorregulación, creando el Consejo de Ética de los Medios: un tribunal al que cualquier ciudadano puede acudir si considera que una nota no respetó los estándares éticos. Pocos meses después nace la Federación de Medios.
Pero los desafíos de hoy son muy distintos a los de 1992. La irrupción de las gigantes tecnológicas —Google, Facebook, YouTube, Twitter, Instagram— marca la mayor transformación en la historia de los medios. Las plataformas digitales se instalaron en el centro de la relación con las audiencias y del mercado publicitario, capturando el valor de contenidos que no crean ni por los que responden, muchas veces mediante abusos de mercado, como se ha denunciado en Chile y el mundo. El interés por la información continúa, pero el modelo de negocios que lo sustentaba migró a estos nuevos actores, provocando una crisis que ha cerrado miles de medios en el mundo o reducido radicalmente sus equipos periodísticos.
Y luego aparecieron las herramientas de inteligencia artificial (IA). Hace tres años OpenAI lanzó ChatGPT, y luego le siguieron otros. Millones de personas las usan, entre otras cosas, para informarse, con respuestas cuyos datos muchas veces provienen de los propios medios, elaborados por periodistas pagados por ellos, sin que reciban compensación. Con un ingrediente adicional: si las plataformas al menos derivaban tráfico a los medios, la IA lo hace en una proporción infinitamente menor.
Los medios llevamos años innovando, probando formatos para conectar mejor con las audiencias. Eso ha difuminado los límites entre lo que conocíamos como prensa, radio y televisión: hoy los diarios tienen pódcast y video, y las radios y la televisión cuentan con sitios de noticias. El avance tecnológico, las plataformas y la IA ofrecen oportunidades fascinantes: herramientas para conocer mucho mejor a quienes nos leen, ven o escuchan, y para llegar a nuevas audiencias. Aquí nadie pide subsidios. Debemos crear productos lo bastante atractivos para ser rentables. Pero con la misma energía exigimos un principio básico: si una empresa atrae audiencias con contenidos que elaboran nuestros equipos, lo justo es que pague por ellos.
Lo decía el publisher de The New York Times, Arthur Sulzberger: los modelos de IA funcionan gracias a cuatro componentes —algoritmos, infraestructura, energía y datos—. Por los tres primeros pagan; por los datos, no.
Algunos países, como Australia, han optado por una legislación que obliga a medios y plataformas a negociar; también se han visto acuerdos —hace unos días OpenAI firmó una alianza con Folha en Brasil—; y otros han ido por la vía judicial, demandando a Google por abuso de posición dominante o a la IA por uso no autorizado de contenidos. Es una noticia en desarrollo, pero central para la misión de la Federación. Porque hoy el principal riesgo para la libertad de prensa es la sostenibilidad económica de los medios.
El último informe Digital News Report muestra el rápido cambio en el consumo de noticias: por primera vez, quienes se informan por plataformas digitales superan a quienes lo hacen por los medios; crece el consumo vía influencers solitarios; cae la confianza en las noticias; la disposición a pagar se estancó; y la preocupación por la desinformación llega al 62%. Todo esto va mucho más allá de los medios: impacta en la sociedad, en el debate público y en el sano desarrollo de la democracia.
El daño que produce la desinformación, que nace y se multiplica en las redes, es enorme. Y no hay mejor antídoto que el periodismo y los medios que lo organizan, con equipos robustos que informan profesionalmente, siguiendo estándares, que hacen las preguntas correctas e incomodan al poder político, económico y social.
El periodismo es la forma de evitar la tiranía del algoritmo, la polarización y el quiebre de los espacios comunes. Y si un medio publica un dato erróneo, su director debe responder por ello, algo que no ocurre en las plataformas. Vale preguntarse: ¿qué sería de cada auditor, televidente o lector si no existiera el medio al que más acude? Porque si ese medio desapareciera, no será Google ni ChatGPT quien salga a la calle a reportear, a investigar, a incomodar, a preguntar, a chequear y rechequear [i] [ii]