La defensa que se ha hecho de las humanidades en las últimas semanas, resulta del todo alentadora para quienes, a lo largo de nuestras vidas, hemos cultivado alguna de sus disciplinas.
Pero, precisamente porque esas dimensiones de la cultura humana nos han enseñado a distinguir y matizar, es que, en el medio de esta polémica, se impone el deber de plantear algunas preguntas incómodas. Si no fuera así, traicionaríamos nuestra vocación, porque, por definición, es en las humanidades donde se hacen las preguntas más incómodas.
Vamos adelante, entonces, con esas interrogantes, las que, por honradez intelectual, merecen al menos un atisbo de respuesta.
En primer lugar, ¿cuáles son efectivamente las humanidades? No cabe duda alguna que la filosofía, la historia y la literatura son las manifestaciones más primarias, que son las especies propias de aquel género. Pero, ¿caben también en esa categoría la sociología, la ciencia política, el derecho y la economía? Un dato terminológico permite aclarar la cuestión. A los humanistas no nos gusta en absoluto hablar de “ciencia” para referirnos a nuestras disciplinas, mientras que los sociólogos, los cientistas políticos, los juristas y los economistas suelen ampararse bajo el paraguas de las ciencias sociales. Esa cuestión no es menor, porque en humanidades lo cuantitativo tiene muy escasa relevancia, mientras que, en las ciencias, su peso es decisivo. Por eso, a efectos de asignación de recursos, los humanistas preferimos ocupar un nicho muy exclusivo —por ineficiente que parezca esa decisión— y no compartir espacios con quienes se han definido como científicos. Acá nosotros, allá ellos.
O sea, dicho claramente, que no vengan a defender las humanidades quienes habitualmente han renegado de ellas, quienes se han mofado de la abstracción y de la especulación, pero que ahora, por razones de financiamiento, buscan asimilarse a nuestras disciplinas con el objetivo de competir por recursos en mejores condiciones que dentro del universo de las ciencias.
Una segunda pregunta es aún más incisiva. ¿Al interior de las humanidades no están presentes acaso las ideologías que contaminan con sus sesgos todo auténtico aporte intelectual?
En humanidades se lee, y se lee mucho. A partir de esas lecturas, bien se puede asegurar, entonces, que una parte muy importante de la producción humanística está marcada por la decisión previa de afirmar aquello que una determinada ideología imprime en el marco mental del redactor, el que deja de ser un investigador, para convertirse en un divulgador con encargos de activismo. Muchas publicaciones sobre historia de Chile —muy muchas, puedo asegurarlo— son en realidad textos destinados a afirmar una posición previamente determinada. Basta ver las bibliografías citadas: es inexistente la presencia en ellas de un cierto equilibrio en las fuentes.
Dejémonos de generalidades. ¿Es aceptable defender desde ciertas publicaciones universitarias la violencia de octubre de 2019? ¿Pueden tener derecho a financiamiento profesores que dirigen tesis sobre pedofilia? Y sabemos que estos no son ejemplos de laboratorio, sino casos reales en una muy prestigiosa universidad del país.
Así planteadas las cosas, conviene que los defensores de las humanidades recordemos que las ciencias sociales tienen un estatuto distinto, y que las publicaciones ideológicas no merecen apoyo alguno.
Una defensa de las humanidades, actitud tan noble como imprescindible, no será exitosa sin antes plantear esas distinciones. El problema no es por lo tanto primariamente del Ministerio de Ciencias: es nuestro, de los humanistas.