El debate sobre las becas de posdoctorado se libra en un terreno que nos marca desde la Enseñanza Media: humanistas contra científicos, sentido contra utilidad. No nos damos cuenta hasta qué punto esto ha definido nuestra manera de pensar. Sin duda es un terreno cómodo. Y falso.
La premisa escondida es que hay dos naturalezas distintas de conocimiento: una que describe lo que existe (el territorio) y otra que interpreta lo que significa (el mapa). Durante décadas dimos por hecho que los científicos hacían lo primero y los humanistas lo segundo, y que por eso competían por recursos como compiten dos empresas rivales.
Pero la frontera se ha ido difuminando: el propio instrumento que interpreta —la mente humana, con su lenguaje, sus sesgos, sus intuiciones morales y su capacidad de deliberar— es también materia, biología, historia evolutiva. El mapa está hecho del mismo territorio que quiere describir.
La psicología social, la economía del comportamiento y ahora la irrupción de la inteligencia artificial han hecho ya imposible seguir aplazando esta discusión. No somos, como creyó buena parte del optimismo pedagógico del siglo pasado, una página en blanco que la cultura llena a su antojo. Venimos con un equipamiento cognitivo previo que la educación puede afinar, pero no inventar desde cero. Averiguar qué clase de animal delibera cuando delibera un ser humano no es asunto exclusivo de la neurociencia; llevamos siglos haciendo esa pregunta desde la filosofía y la literatura, solo que con otro vocabulario.
Se ha hablado mucho de lo que la inteligencia artificial imita —el lenguaje, el cálculo, la combinatoria— y poco de lo que quizá resulte más difícil de copiar: la capacidad de errar con sentido, de dudar antes de actuar, de interponer —como hacía Sócrates en la celda, según recuerda Carlos Peña en su último libro, antes de decidir si aceptaba la fuga o la sentencia— un momento de deliberación entre el deseo y el acto. La máquina puede imitar la forma de esa deliberación. Que exista detrás algo parecido a una experiencia moral es otra cuestión, y ahí las humanidades siguen teniendo mucho que decir. Negar su base biológica sería ingenuo. Reducirla a pura biología, igual de pobre.
Hace unos meses presentamos en Madrid la edición española de “De naturaleza liberal”, de Álvaro Fischer, que tuvo la generosidad de pedirme el prólogo. La recepción del libro en Chile me convenció de que en pocos países la distancia entre humanistas y científicos es tan grande como allí. Se defienden como dos gremios peleando por el mismo presupuesto. En otras partes el diálogo fluye más porque se acepta algo menos épico: no hay dos ejércitos, sino un solo campo de conocimiento, y cada vez cuesta más decidir quién fabrica las herramientas y quién produce el sentido. Seguimos dibujando mapas rivales de un territorio que ya compartimos.
Esto no exime a las humanidades de una autocrítica seria. Alejandro Vigo ha recordado un dato incómodo: humanidades y ciencias sociales se llevaron el 61,3% de las 12.589 Becas Chile concedidas, frente a un 17,8% para las ciencias naturales. Quien quiere de verdad a las humanidades no debería salir a defender ese desequilibrio, sino preguntarse si es justo y si los criterios de selección fueron lo bastante exigentes.
Corregir un desajuste no obliga a fabricar otro. La salida no es repartir el presupuesto por mitades, sino financiar mejor el conocimiento allí donde sea excelente, relevante y capaz de enriquecer a los demás. Ciencia sin interpretación deja instrumentos que no sabemos para qué sirven. Humanidades sin contraste empírico terminan mirándose al ombligo. Al final el mapa sin territorio es ficción, y el territorio sin mapa, ignorancia.