Se ha dicho, presuntamente por el Barón de Río Branco, que la amistad entre Brasil y Chile no tiene límites, aludiendo a que la carencia de fronteras comunes elimina una fuente casi segura de dificultades, cuando no de potenciales conflictos. Más de 100 años después de proferido aquel dicho, las relaciones con el gigante sudamericano constituyen un pilar bastante esencial de nuestra política con la región, al nivel de las que mantenemos con los tres vecinos inmediatos. Por lo mismo, dentro de los peligros que se ciernen, está el de entusiasmarse en demasía con el próximo proceso electoral en aquel país.
Desde los 1990 se adoptó en nuestra América el uso de las democracias europeas, en que dirigentes políticos y gobernantes (primeros ministros) apoyaban a una contraparte ideológica en otro país de su región. En 1999, el argentino Fernando de la Rúa expresó públicamente su apoyo a Ricardo Lagos ante Joaquín Lavín. Entonces pareció demasiado, y sin embargo se convirtió en costumbre recurrente, sin mayores sobresaltos. La situación se modifica con visos de gravedad cuando se convierte en técnica que agita la polarización. Chávez fue maestro en este sentido, emulado por Evo. Luego, con Bolsonaro, de una manera muy tosca; con más ingenio pero con no menos violencia oral en el caso de Milei, lo que llevó al último incidente con el Brasil de Lula, hecho completamente inédito y que sería un error mirarlo como una curiosidad más. Además, Brasil representa demasiado, con respetabilidad que alcanza más allá del continente.
En estos días, debido a un giro político en la región, se ha hablado de un aislamiento de ese país. Sabemos que las oscilaciones políticas en nuestro continente, como en tantas democracias, son pan nuestro de cada día. El tamaño de Brasil y la internacionalización de su economía, el imán de inversiones externas en que aquella consiste, es una garantía más que suficiente de su relevancia. En política interna, el realineamiento que produjo Bolsonaro llevó a que sectores liberales y conservadores, como un Cardoso o el actual vicepresidente Geraldo Alckmin, quien en 2006 planteó un desafío presidencial sorpresivamente fuerte al propio Lula, pasaran a integrar su fórmula electoral en las elecciones del 2022. Alckmin ha sido la cabeza económica de una administración que poco tiene que ver con los populismos radicales, sino con la economía política tradicional de Brasil.
Por un tiempo, Lula compensó esta coalición interna, que desdibujó un tanto su proyecto de años atrás, con una política exterior sucesora del tercermundismo, incluso con benevolencia activa hacia el régimen venezolano (no muy distinta de la que ahora ejerce Trump) que más bien parecía franco apoyo. Ahora Lula ha quedado un tanto huérfano, sin aparecer sometido a las arbitrariedades de la administración Trump, pero sin diseñar hasta el momento un proyecto con sentido. Los Bolsonaro no prometen algo diferente. En términos económicos, el desempeño de Jair, el padre, tuvo más bien continuidad; en la errática política exterior, mostró pobreza estratégica. Mientras tanto, el campo posible, ese liderazgo discreto de primus inter pares para el que parecería haber nacido, parece serle, por ahora, ajeno a la estrategia de Brasilia. Una tragedia más de nuestra América.
¿Y qué hará Chile? Hizo bien el canciller con su viaje a Brasil, impertérrito ante la polémica entre Washington y Brasilia. Desde las esferas oficiales sería mejor que no trascienda preferencia alguna en la fiera competencia electoral brasileña de los próximos meses. La crítica y discusión debe dejarlas a nuestro mundo político e intelectual.