¿Estarán Estados Unidos y sus aliados más vulnerables a un ataque enemigo que antes de la guerra de Irán? Es la pregunta que surge al conocerse la supuesta escasez de municiones que enfrentarían las fuerzas norteamericanas tras seis meses de bombardeos contra la república islámica. Según Donald Trump, EE.UU. tiene “más municiones que ningún otro país, y muchas más de las que necesitamos”, mientras su secretario de Defensa, Pete Hegseth, asegura que eso de la escasez es “una historia manufacturada”. Incluso, amenazan con acusaciones penales a quienes filtren ese tipo de informaciones. Pero, ¿será cierto lo que advirtiera el general Dan Caine, jefe del comando conjunto, antes del 28 de febrero, en cuanto a que las reservas estaban agotadas y no convenía iniciar una guerra? De hecho, al pedir un presupuesto de emergencia al Congreso, Hegseth mencionó una “escasez crítica” de equipamiento.
El arsenal norteamericano está efectivamente reducido a una porción de lo que era antes del conflicto, según los cálculos de expertos, y la industria militar no alcanza a reponerlo al mismo ritmo. Por ejemplo, el stock de los misiles interceptores Patriot, vitales en la defensa aérea, se ha reducido a casi la mitad, y reemplazarlos demoraría un par de años. Eso habría obligado a Trump a retirar su última amenaza de obliterar a Irán, por temor a una represalia contra los países del Golfo, donde tiene bases militares con miles de tropas. Lo mismo pasa con los misiles de largo alcance Tomahawk, lanzados desde buques o submarinos, de los cuales se han usado mil unidades del stock de tres mil que había antes de la guerra. O también con los del sofisticado, y caro, sistema THAAD, capaces de destruir un misil balístico fuera de la atmósfera, de los que se ha utilizado casi el 80 por ciento de la reserva. Cada Patriot cuesta entre tres y cuatro millones de dólares, un Tomahawk vale unos dos millones, mientras uno del THAAD, sobre los 12 millones. Los altos costos explican la discusión sobre la conveniencia de derribar un dron de pocos miles de dólares con proyectiles de varios millones.
Ucrania ha sido la más afectada por la merma. Antes de bombardear Irán, Trump ya se resistía a entregarle misiles. Ha culpado a Joe Biden de debilitar el arsenal por enviar armas a Zelenski, pero es en el conflicto contra Irán donde se ha usado el grueso de las reservas. Kiev clama por Patriots, los únicos que pueden derribar los misiles balísticos rusos lanzados contra ciudades e instalaciones energéticas. Responde con ataques masivos de drones que, a pesar de su aparente debilidad, causan graves daños a instalaciones vitales y a pueblos del interior, haciendo sentir a los rusos comunes el drama de la guerra. Esto es posible por el desarrollo de una industria bélica ucraniana innovadora, de alta tecnología, que usa inteligencia artificial, a bajo costo.
Es probable que el supuesto déficit de armas no deje a EE.UU. vulnerable a un enemigo, pero sí aumenta el riesgo de que las fuerzas armadas no estén en su mejor nivel para enfrentar una amenaza externa en su territorio o en regiones de su interés.