El anterior y el actual Presidente de la República intervinieron esta semana con miradas y estilos encontrados. No es que hayan buscado polemizar entre ellos, sino que la manera en que declararon vuelve a ratificar las formas opuestas en que entienden y ejercen la política.
Gabriel Boric reapareció en el lanzamiento de “La resaca”, libro de Eugenio Tironi. Lo hizo a través del despliegue de su mejor atributo: la verbosidad. Mezclando el alarde con el análisis y la autocrítica, volvió a exhibir su capacidad para expresarse desde el púlpito. Reflexivo e intencionadamente desordenado, expuso sus ideas acerca de cómo se comportaron y debieron conducirse su sector y/o su gobierno frente a acontecimientos relevantes como el estallido de 2019, los retiros previsionales (“un gran error”), los intentos de impeachment, el proceso constitucional o la conformación del primer gabinete. Los calificó como “aprendizajes” y en varias oportunidades recordó que “la responsabilidad fue mía”. También reivindicó “desde el día uno” la labor de su gobierno y la idea de que “fuimos un equipo” que “sacó adelante una agenda muy significativa”. Contra lo que se suele afirmar, sostuvo desafiante, el suyo fue “un gobierno que resolvió”.
Solo se puede celebrar que una exautoridad aborde en público su propia gestión. Pero no es algo novedoso en Boric, quien ya se caracterizó por declarar y declarar durante su gobierno, incluso hasta el descontrol. A él la palabra le sale fácil, de manera inversamente proporcional a la forma en que se le da la acción concreta. Fue Boric quien anunció que su gestión sería “la tumba del neoliberalismo”, que actuaría como “un perro contra la delincuencia”, que haría un gobierno feminista y una política exterior turquesa… Es precisamente esa capacidad de hablar sin pausa y declarar desde la A a la Z, ida y vuelta, a menudo sin referencia a realidades tangibles, una de las características centrales de la manera en que él concibe la labor política. Por eso, su discurso de esta semana lo refleja de cuerpo entero, tal como esas imágenes en que le gusta mostrarse revisando estanterías en el exterior o leyendo un libro en el Metro. Todo en Boric es exuberancia.
Justo lo contrario ocurre con el austero José Antonio Kast. Al republicano le cuesta el manejo de la palabra precisa. Quizás por eso parece desdeñar su necesidad, al punto que el suyo es un gobierno sin vocero, donde los ministros discuten por los medios y se enteran por la prensa de las medidas que adoptan sus colegas de gabinete. Kast asegura que eso no es relevante. Al contrario de lo que sucede con Boric, a él la narrativa parece tenerle sin cuidado. Lo suyo son los hechos concretos, no las palabras ampulosas. “Lo importante son los resultados, y hasta ahora (los) hemos tenido y esperamos que nos sigan acompañando”, afirmó esta semana.
Así, mientras Boric tiene siempre mucho que decir, Kast prefiere tener mucho que mostrar. Ya consiguió aprobar la Ley de Reconstrucción y ahora va por la agenda de seguridad. Con algo de suerte, hacia fines de año podría haber resuelto los dos principales temas sobre los que se comprometió en campaña. Nada mal para un gobierno silencioso que podría conseguir en meses lo que su antecesor no logró en años.
El estilo que promueve Kast, sin embargo, supone riesgos grandes. Mientras Boric siempre pareció quedarse largo, a Kast le pasa lo contrario. Como bien lo sabe Pedrito, el del cuento del lobo, la palabrería hueca no convence y termina por aburrir. Pero el laconismo también es un vicio que genera descoordinaciones, malentendidos y conflictos, y provoca un liderazgo distante y poco empático que no hace mucho daño cuando los resultados son positivos, pero que resta cuando es necesario afrontar situaciones críticas y cobran valor las habilidades blandas. Ni tanto ni tan poco: el justo medio parece la receta adecuada.