Hay pocas tareas más complejas que la de un profesor enseñando logaritmos a un curso de segundo medio. La función es extremadamente útil, ya que permite expresar de manera simple cálculos donde las variables crecen o decrecen de manera muy rápida, pero la indiferencia de los alumnos puede ser abrumadora. Aunque el profesor insista sobre sus virtudes para representar la intensidad que adquieren los terremotos —cuyo daño aumenta de manera muy rápida con su magnitud—, son pocos los estudiantes que enganchan. Para entender, se requiere una transformación de los datos que no es lógica a simple vista y un nivel de abstracción que muchos jóvenes no tienen.
Pero el mayor desafío que enfrenta el profesor no es explicar las propiedades de la función, sino lograr la atención de los alumnos. La capacidad para administrar el curso —dándoles a los talentosos el espacio para aprender y, al mismo tiempo, controlar a los desordenados— es un verdadero arte, que requiere destreza. Si este desafío ha rondado las salas de profesores por años, la inteligencia artificial lo hace más patente: la IA explica mejor que un “profe de matemáticas”, y además, provee miles de ejemplos. Por ello, muchos gurúes anticipan una debacle en muchos trabajos. Si la IA supera al ser humano para explicar conceptos y hacer cálculos complejos, ¿qué queda para profesores, médicos o abogados?
El libro “Messy Jobs” (un fenomenal juego de palabras), de los autores Garicano, Li y Wu, explora la pregunta, para concluir que, como todo cambio tecnológico, la IA va a reemplazar algunas tareas para revalorizar otras. El concepto de fondo es simple: el valor está en la escasez, por lo que resulta clave distinguir cuál va a ser el bien escaso en la era de la IA. Todo trabajo tiene distintas tareas, algunas de las cuales son fácilmente reemplazables. Pero manejar la complejidad de las interacciones humanas no lo es. Si procesar información y resolver problemas se transformó en algo de libre disposición, el nuevo recurso escaso está en habilidades de liderazgo, organización, buen juicio y resolución de conflictos.
La construcción de estas habilidades debería ser, por tanto, consustancial al proceso educativo. Ello significa que la sobreespecialización que observamos hoy —formando verdaderos nerds que no saben comunicarse y liderar— va a la baja. Pero no hay que perderse en el camino. La formación de profesionales demasiado blandos, sin mucha consistencia, tampoco sirve, porque difícilmente tendrán las capacidades organizativas y el juicio para liderar. Posiblemente, el angosto camino del medio sea la respuesta.