El nuevo Presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, tiene mejores ideas para sacar al país del pozo que su rival de izquierda en las recientes elecciones, pero se va a enfrentar con obstáculos más grandes de los que muchos imaginan.
Tras el inicio de su gobierno el 7 de agosto, se ven algunos motivos de optimismo, pero también muchos para preocuparse.
Empecemos por las malas noticias. Además del terremoto que sacudió a Colombia en el primer día hábil de su mandato, De la Espriella heredó un país con las arcas vacías tras la desastrosa gestión del expresidente de izquierda Gustavo Petro.
Petro, que se pasaba el día tuiteando boberías sobre el Medio Oriente y otras partes del mundo, incrementó enormemente el gasto público para aumentar subsidios sociales, pero dejó un déficit gigantesco. Lo suyo fue pan para hoy, hambre para mañana.
En segundo lugar, De la Espriella heredó un país con la violencia en alza y con una larga historia de violencia política.
Los grupos armados aumentaron un 45% durante el gobierno de Petro, pasando de unos 15.120 miembros en 2022 a 21.958 hoy, según un informe de inteligencia citado por la agencia de noticias Reuters.
En tercer lugar, De la Espriella es un abogado penalista sin experiencia en cargos públicos, que tendrá que gobernar con un país altamente polarizado y con un Congreso en que su partido no tiene mayoría.
El nuevo Presidente ganó las elecciones por menos del 1% del voto. La oposición de izquierda ahora liderada por Petro obtuvo casi la mitad de los votos, y amenaza con hacerle la vida imposible.
Aunque puede armar una mayoría junto con otros partidos de derecha y de centro en el Congreso, la gran pregunta es si De la Espriella logrará los apoyos necesarios para aprobar sus propuestas de acabar con los grupos armados, reducir el narcotráfico y enderezar la economía.
Ya antes de asumir, De la Espriella chocó con el expresidente Álvaro Uribe, que lo había apoyado en la segunda vuelta, en el debate para elegir un presidente del Senado. El partido de Uribe, que será fundamental para el éxito del nuevo gobierno, terminó aliándose con la izquierda para elegir su candidato.
Cuando le pregunté a la excandidata presidencial Paloma Valencia, del partido de Uribe, si su agrupación política apoyará al nuevo presidente, me dijo que sí, pero con peros. “Nosotros estaremos listos para apoyar todas las buenas iniciativas, pero también para llamar la atención en todo aquello que no esté cumpliendo con lo que Colombia necesita”, me dijo Valencia.
Muchos le recriminan a De la Espriella no hacer lo suficiente para sumar apoyos.
“Uribe lo apoyó después de la primera vuelta y no recibió ni siquiera un agradecimiento público. Tras la victoria… ni una llamada”, escribió Santiago Vélez, columnista del diario El Espectador, en su cuenta en X.
El excandidato presidencial de centro Sergio Fajardo me señaló que el nuevo presidente también está haciendo un error al prometer librar una “batalla cultural” contra la izquierda.
“Me preocupa enormemente esa beligerancia del lenguaje, el insulto, la agresión, el maltrato, el irrespeto que se vuelve viral” de De la Espriella, me dijo Fajardo. En un país tan dividido, con una historia de tanta violencia, “con una pequeña chispa se puede prender un acto violento en nuestro país”, agregó.
¿Cuáles son los motivos de optimismo? Primero, De la Espriella se ha rodeado de colaboradores que en su gran mayoría son gente con experiencia en cargos públicos, como su vicepresidente José Manuel Restrepo, y técnicos con buenas credenciales en el manejo de la economía.
Segundo, el flamante presidente le puede sacar jugo a su embanderamiento con el Presidente Trump, aunque es una apuesta riesgosa a largo plazo. La popularidad de Trump está por el piso en Estados Unidos, y si la oposición gana las próximas elecciones, podría tomar represalias contra el gobierno colombiano.
Pero por ahora, De la Espriella logró que Trump le prometa mil millones de dólares para la lucha contra la droga y los grupos armados.
En suma, hay que darle el beneficio de la duda a De la Espriella y condenar la actitud de su antecesor, que ha desconocido la legitimidad del nuevo presidente y amenaza con incendiar el país. Si Petro no lo deja gobernar en paz, debería dejar de decir que cree en la democracia.