La intervención del expresidente Gabriel Boric en el lanzamiento del último libro del sociólogo Eugenio Tironi, donde se refirió al proyecto político de la izquierda, al desempeño de su propio gobierno y, antes, a su conducta como oposición a Sebastián Piñera, ha generado diversas reacciones. Desde luego, son bienvenidas sus reflexiones y sobre todo sus autocríticas por haber apoyado los retiros previsionales —“fueron un gran error”— o por haber hecho mal uso de las acusaciones constitucionales (mencionó las promovidas por su sector contra el ministro de Salud, Jaime Mañalich, y el ministro de Educación, Raúl Figueroa, ambas en plena pandemia).
Conviene recordar, sin embargo, que los efectos deletéreos que tendrían los retiros eran algo ya perfectamente sabido cuando Boric y su sector los impulsaban: su futuro ministro de Hacienda, Mario Marcel, fue uno de los más claros en explicar las consecuencias que traerían. De ahí que solo de forma muy indulgente pueda considerarse un “error” lo que simplemente fue un acto de demagogia, en que privilegiaron su popularidad y la posibilidad de infligirle un daño a la administración Piñera, por sobre los efectos desestabilizadores que tendría su decisión. De otro lado, si bien es cierto que también la derecha ha hecho un mal uso de las acusaciones constitucionales, no es efectivo que “hayan hecho lo mismo”. Olvida Boric que la izquierda buscó persistentemente destituir a Piñera y no tuvo inconvenientes en sacar ventaja de la llamada “vía de los hechos”. Lo acusaron constitucionalmente dos veces, una de ellas nada menos que por “consentir en que las Fuerzas Armadas y de orden cometieran violaciones a los derechos humanos de manera sistemática y generalizada”. Ningún otro presidente en democracia ha sido objeto de una imputación tan grave.
En su intervención, el exmandatario también admitió que “debimos haber tenido una posición propia frente a la deriva de la Convención Constitucional” y que el rechazo al texto que esta propuso, así como el que sufrió la segunda propuesta, fueron “una muestra de la sabiduría del pueblo de Chile”. A pesar de ello, sostuvo que no fue “un fracaso”, “no todo fue negativo” y que “es muy importante reivindicar el proceso”. Hay en esto último un ejercicio retórico habitual entre ciertos dirigentes e intelectuales de izquierda: a pesar de la evidencia del fracaso y el daño causado —en este caso, la inestabilidad institucional en que fue sumido el país—, siempre encuentran algo que rescatar, pues supuestamente los habría motivado el propósito de construir una sociedad mejor. Pero considerar que es un “proceso positivo” haber contribuido a crear artificialmente un problema —que Chile requería con urgencia una nueva Constitución, ya que sin ella no habría paz social—, para embarcar luego al país en lo que terminó sirviendo solo de “catarsis” y finalmente volver a fojas uno, es distorsionar demasiado las cosas.
Con todo, el gran punto ciego en el mensaje del expresidente es que la moderación y autocrítica que trasuntan sus palabras no se condicen con la posición de su partido (FA) y la de sus socios más cercanos del PC. Sintomático es que en estos mismos días el FA haya dado a conocer las conclusiones de su Congreso Ideológico —no solo una declaración de principios, sino “un mandato político”— que retrotrae precisamente al ideario desplegado en la Convención, con definiciones que llaman a superar el capitalismo, las emprenden contra el “extractivismo” y consideran que la lucha de clases es “una categoría explicativa central”. Paralelamente, mientras Boric hablaba en Santiago, el presidente del PC, Lautaro Carmona, reivindicaba en Cuba a Fidel Castro con expresiones como estas: “Un rasgo esencial del Comandante es su ética, su humanismo, su humanidad que no midió y no tuvo límites”; “la defensa de la revolución cubana es un aspecto de principios, es la batalla de ideas del presente”. E incluso la representante comunista de la juventud chilena (la presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción) no se salía de esa línea: “Fidel creía en nosotros, la juventud de esta América. Le respondemos que también creemos. Creemos en su proyecto y sabemos que creer no es saborear, sino continuar”.
Por lo mismo, tras las palabras de Boric, inevitable resulta preguntarse cuál es el discurso que en realidad prima. ¿El de su partido (FA), el del PC o el suyo? Y más importante aún: de tener en el futuro mayorías en el Congreso, ¿qué proyectos impulsarían todos juntos?