Cuando un 13 de agosto de 1876 se alzó el telón en un teatro de ópera en la provincia alemana, es poco probable que los asistentes —algunos monarcas, insignes compositores y el filósofo Friedrich Nietzsche, entre otros— hayan avizorado el significado histórico y cultural del estreno al que asistían. En esa velada, y en tres jornadas subsecuentes, se narró la historia de dioses antiguos, hombres y criaturas míticas en la lucha por obtener un anillo de gran poder, pero sujeto a una terrible maldición.
Esta primera ejecución completa del drama musical —más dos adicionales—fue un éxito social, pero implicó un fracaso económico de tales proporciones que no volvería a representarse sobre ese escenario hasta 1896, trece años después de la muerte de su autor. Hablamos, evidentemente, de “El anillo del nibelungo”, la Tetralogía del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883).
Nunca se había emprendido hasta ese entonces una obra de tal ambición: un tiempo de ejecución de unas quince horas en total —mayor o menor según la versión— y un período de composición de 26 años, desde la concepción e inicio del trabajo en el libreto en 1848 hasta el término de la partitura en 1874. Tampoco después se intentaría en el género de la ópera otro proyecto de esa envergadura —con la excepción de la heptalogía “Luz”, de Karlheinz Stockhausen, aunque sin el mismo impacto cultural—, pero nada volvería a ser igual: la Tetralogía marcó una clara cesura en la historia de la música, debiendo cada compositor que siguió a Richard Wagner tomar partido, fuera para aceptar su influencia o para rebelarse contra ella.
El estreno de “El anillo del nibelungo” trajo innovaciones radicales para las artes escénicas, muchas de las cuales nos parecen hoy evidentes, pero no lo eran antes de Wagner. En un teatro construido especialmente al efecto, el Festspielhaus de Bayreuth, la arquitectura favoreció la democratización de la experiencia musical, eliminando los palcos laterales y permitiendo una vista óptima en todos los sectores de la platea. El oscurecimiento de la sala, a su vez, propició la inmersión y concentración total del público en el drama representado. La inigualable acústica del teatro y las particularidades del foso, que oculta a la orquesta por completo, contribuyeron al ambiente casi mágico que, hasta hoy, sigue atrayendo cada año al Festival de Bayreuth a peregrinos wagnerianos desde todos los rincones del mundo.
En un siglo y medio, el Festival ha superado numerosas vicisitudes. La mayor de ellas, su captura e instrumentalización por el nazismo, que casi significó su fin, pero que pudo ser exorcizada por la administración que tomó el relevo tras la Segunda Guerra Mundial.
¿Y qué explica la asombrosa vigencia de “El anillo”? Podría pensarse que una obra que bebe como fuente de inspiración de las sagas nórdicas y germánicas, recogidas en las Eddas y en el Cantar de los nibelungos, tendría la vista fija en un pasado mítico, y que sería muy poco lo que podría decirnos hoy. Sin embargo, esta materia es solo el lienzo sobre el cual Wagner, en la conjunción de todas las artes escénicas (el Gesamtkunstwerk, la obra de arte total), supo plasmar la naturaleza y las pulsiones humanas de un modo genialmente atemporal, permitiendo a cada generación verse reflejada en “El anillo” y leer en él las inquietudes más apremiantes de cada época.
Una muestra de esto último es la historia reciente de las puestas en escena de la Tetralogía en el Festival de Bayreuth, nunca exenta de controversias. Así, en el Anillo del Centenario, en 1976 —década de radicales tensiones políticas en Alemania y Europa—, el director de escena Patrice Chéreau imaginó un Anillo ambientado en la Revolución Industrial, donde se enfrentan dioses caracterizados como burgueses con nibelungos proletarios, una lectura de la obra que dialoga con la interpretación en clave socialista planteada por George Bernard Shaw tres cuartos de siglo antes en su ensayo “El perfecto wagneriano” (1898).
Destaca también como espejo de su época la producción de Frank Castorf de 2013, en que, frescos los acontecimientos de la guerra de Irak, la acción ofreció el elemento del oro transmutado en un equivalente cultural perfectamente familiar para el espectador, el petróleo; más de una década después, las noticias que nos llegan desde el Medio Oriente parecen mostrar la actualidad de esta producción.
El influyente crítico musical norteamericano Alex Ross retrató brillantemente en su monografía “Wagnerism” (2020) esta capacidad del legado wagneriano para ser recibido en los contextos históricos, políticos y nacionales más diversos. Confiamos en que sea esta cualidad la que permita a una próxima generación descubrir nuevos caminos hacia la Tetralogía y celebrar en 2076 su bicentenario.