Habituado a ir por librerías —que son uno de mis lugares sagrados—, últimamente me ha llamado la atención la presencia en casi todas ellas del libro de Viktor Frankl “En busca de sentido”, que es de 1946, y que tiene más de una edición en castellano. Ese libro fue escrito por el mencionado psicólogo, y refiere lo que fue su existencia en campos de concentración de la época del nazismo. Frankl fue un prisionero que dejó un vívido e influyente testimonio escrito de lo ocurrido en tan deleznables lugares, y a nadie puede extrañar que a su libro le haya dado el título antes señalado. Dichos campos de exterminio fueron parte de lo que los jerarcas nazis llamaron la “solución final” del que consideraron el “problema judío”.
¿Por qué después de largas décadas una obra como esa vuelve a ser impresa en castellano y a encontrarse en vitrina de casi todas nuestras librerías? Bueno, el holocausto judío fue lo que fue y las dimensiones de su crueldad no escapan a nadie. Lo sorprendente es que, si bien a menor escala, se repitan en nuestro siglo situaciones similares de las que parecemos no haber aprendido ninguna lección de humanidad. Se continúa apartando y eliminando de manera prolongada y brutal a poblaciones enteras, por motivos étnicos y de supremacías territoriales que parecían haber sido dejadas atrás.
Ese hecho —la persistencia de la crueldad— invita a que todos nos preguntemos por el sentido de la vida, como ocurrió también durante la reciente pandemia. Por el sentido de la vida humana en general y por el de cada existencia singularmente considerada. Una pregunta filosófica, sin duda, de aquellas preguntas consideradas importantes, y que, siguiendo en esto a Isaiah Berlin, no sabemos bien dónde ni cómo buscar las respuestas, y que, por lo mismo, nos sumen en un hondo desconcierto, con la complicación adicional de que tampoco disponemos de criterios objetivos para validar alguna posible respuesta de manera universal e indubitada. Si la pregunta fuera “¿Dónde está el queso?”, el sentido común nos diría que probablemente se encuentra en la despensa o en la mesa del comedor, mas no en el baño ni en alguno de los dormitorios. Lo mismo, tratándose de la pregunta acerca de cuál es la raíz cúbica de 729, también sabemos que la respuesta puede ser establecida, en este caso realizando un simple cálculo matemático.
Las preguntas filosóficas tienen esa peculiaridad: no sabemos cómo hallar las respuestas, lo cual no significa que tengamos que renunciar a ellas.
Acerca de la pregunta por el sentido, y tanto más de aquella que inquiere por el “sentido final” de algo —por ejemplo, de la vida—, tendemos a “buscar” ese sentido como si este hubiera sido dado de antemano y no quedara más que develarlo. Un sentido que debería ser “buscado” y “encontrado”, como acontece en las respuestas de los credos religiosos. Otra alternativa es hallarlo en la búsqueda de la felicidad, ya sea por el camino de la virtud o del placer, aunque hay también la posibilidad de que ese sentido tenga que ser inventado o escogido por cada individuo; por ejemplo, en el amor, la amistad, la descendencia, el arte, algún otro tipo de trabajo, el ejercicio corporal, la política inspirada en el bien común, pudiendo incluso elegirse más de uno. Esperamos algo de la vida, y la pregunta es si el sentido tiene que ser descubierto o si hay varios elegibles que están también disponibles y entre los cuales no queda más que optar.
Además, ¿se trata de la búsqueda o elección de sentido, del sentido, o del sentido final?