¿Qué tan grandes son las diferencias entre los países? ¿Tal vez menos grandes de lo que a veces se cree?
Raymond Carr, el gran historiador inglés, que en 1966 publica su monumental España 1808-1975, sostenía que los españoles eran, en el fondo, parecidos a otros europeos y por tanto no tan diferentes como los hispanófilos nos hacían creer.
Es que el culto a la excepcionalidad ha sido muy prominente entre la intelectualidad hispana, si bien ha habido también intelectuales españoles europeístas que han procurado rebatirlo. ¿Se deberá a que España está en la periferia de Europa? Hay un culto parecido en ese otro país periférico que es Rusia. Desde el siglo diecisiete los intelectuales rusos han estado divididos entre “occidentalistas” y “rusófilos” o “eslavófilos”, estos últimos viendo en Moscú una Tercera Roma destinada a redimirnos del nefasto racionalismo occidental, sobre todo el de los anglosajones. Muy parecido esto a la excepcionalidad que disfrutaría España por su apego irrestricto al catolicismo, por su espiritualidad, por el repudio que le despierta el individualismo materialista y egoísta que contamina a otros países, sobre todo los anglosajones.
Curiosamente, esta visión subsiste hasta ahora entre algunos españoles para quienes su país es víctima inocente de calumnias foráneas. Los anglosajones en especial habrían creado una leyenda negra según la cual el imperio español habría sido abusivo y cruel. Todo esto, en marcado contraste con las colonias británicas, que nadie criticaría. Curioso que crean eso cuando en el Reino Unido hay una feroz crítica al propio pasado colonial, tanto que en los colegios enseñan que el imperialismo británico fue, justamente, abusivo y cruel.
Me he acordado de Carr porque he estado en España, y más aún, porque he estado leyendo El rugido de nuestro tiempo (2025), un magnífico libro del ensayista colombiano Carlos Granés. Con singular erudición, Granés analiza los debates que se han dado sobre la supuesta excepcionalidad tanto de España como de América Latina.
Granés analiza las múltiples teorías que han surgido sobre qué tipos de países somos. “¿Pertenecemos a la civilización occidental… o venimos de linajes distintos?”, se pregunta. De allí explora tres grandes respuestas. Sí, somos herederos de la civilización grecorromana. No, somos iberoamericanos, vástagos solo de España, con sus gloriosas diferencias. O no, somos indígenas y nos corresponde librar una lucha decolonial contra los que llegaron con “todos los vicios que corrompieron a las estirpes nobles que no sabían qué era la esclavitud ni la transfobia”. Estos colonizadores nos impusieron su lenguaje, sus conceptos, sus costumbres: tiranía epistemológica que aplastó nuestra sabiduría primigenia.
Granés, con inteligencia y humor, demuestra lo extrañamente parecida que es esta ideología decolonial a la de ciertos filósofos rusos seguidos por Putin. Alexandr Dugin (1962), por ejemplo, y su mentor, Ivan Ilyin (1883-1954). Para ellos el enemigo es, también, la tiranía epistemológica de Occidente, y Granés destaca en Dugin su odio “a la modernidad liberal de origen anglosajón”. Para Ilyin o Dugin, como para los antiguos eslavófilos, Rusia, solidaria y colectivista, está destinada a combatir el individualismo de Occidente, idea disparatada que Putin usa como pretexto para su masacre en Ucrania.
En un libro que ayuda a iluminar nuestro complejo mundo actual, Granés destaca también una curiosa contradicción que se ha ido dando. Donde antes los artistas eran escandalosos, irracionales y voluntaristas, ahora son cuidadosamente puritanos, dedicados a evitar que alguien los cancele por incorrección política. En cambio, donde antes los políticos tenían que aparecer racionales, sensatos y fomes, ahora son escandalosos, irracionales y voluntaristas.
Cosa de observar a Trump o a nuestro Congreso.