El pesimismo está de moda. No es de ahora. En 2024 el PNUD constató que el pesimismo respecto del futuro colectivo se había triplicado. Durante largo tiempo los chilenos creyeron que sus vidas podían mejorar si se empujaban ciertos cambios políticos. Se hicieron grandes sacrificios en esa dirección. Pero no pasó nada, o poco. Y peor: vino la resaca y la vida se volvió aún más difícil. El PNUD le puso un nombre: desesperanza.
Kathya Araujo lo ha descrito con precisión: primero la desmesura de las expectativas; luego el desencanto, en seguida la irritación, para terminar en el desapego. Lo denomina justamente así: el “circuito del desapego”: cada uno replegado en sí mismo; el país transformado en archipiélago. El perfecto caldo de cultivo del miedo: al inmigrante, al crimen, a los vecinos, a la escuela, a los espacios públicos; a los poderes públicos, capturados por la corrupción; y, sobre todo, a la vejez y al futuro.
El miedo y el pesimismo son dos caras de la misma medalla. Ambos debilitan las defensas, erosionan la confianza, apagan la disposición a emprender algo en común.
Pero este miedo no emergió solo. Fue abonado por políticos, líderes de opinión y medios de comunicación que llevan años enfatizando fallas y déficits, sembrando la sospecha ante cualquier logro. Ser positivo u optimista es cosa de tontos, como hizo notar años atrás Isabel Allende.
Quienes hoy ocupan La Moneda hicieron su carrera alimentando el pesimismo y el miedo. Venimos de una catástrofe y nos dirigimos al apocalipsis: este fue su mensaje; se necesita un gobierno de emergencia: esta fue su receta. Funcionó: ganaron, y hoy gobiernan con mayoría en el Congreso.
Se creyó entonces que bastaba apretar un switch y ese clima cambiaría. Que ofreciendo libertad, certeza y garantías al capital, se evaporaría de inmediato la reticencia de los inversionistas y terminarían el estancamiento económico y la baja creación de empleos. Que hablando duro y blandiendo amenazas, cambiaría la tendencia en seguridad.
Han pasado las reformas que deseaban. Han golpeado la mesa y anunciado nuevas medidas en seguridad. Pero el pesimismo no amaina. El miedo tampoco. Internamente brotan el desconcierto y las recriminaciones. ¿Nos equivocamos? ¿Falta liberalizar más y golpear más duro? Lo que se derrumba no es solo una promesa, sino una convicción; una forma de entender la relación Estado-sociedad.
No hay bala de plata. Pero sí un punto de partida: despolarizar. Hoy la política puede exhibir una triste victoria: logró trasladar su propia polarización a la sociedad. Es el acelerador perfecto del pesimismo.
Para despolarizar hay que partir por lo obvio: evitar que la agenda esté marcada por asuntos identitarios instalados deliberadamente para construir adhesiones fáciles en base a la división. El Gobierno debe disciplinar a los suyos: no desentenderse ni repetir la megarreforma, que ganó en el Congreso pero perdió en la calle. Es hora de buscar entendimientos con las oposiciones, aun a riesgo de fracasar.
Ver que el mundo político busca genuinamente acuerdos es el mejor antídoto contra el pesimismo.
Al mismo tiempo, el Gobierno debe ampliar su visión. La cadena nacional del pasado miércoles es una buena señal, por tema y tono. No seguir maldiciendo el pasado. No insistir en que Chile es un país en crisis. Dejar atrás el rostro adusto y peleado. Sonreír no es woke.
En sus inicios el gobierno de Patricio Aylwin explicaba las dificultades recordando que estábamos en transición. El argumento respondía bien a las urgencias del presente y a las deudas del pasado, pero no abría una etapa nueva. “La transición ha terminado”, se afirmó con voluntarismo. Aunque cuestionable técnicamente, era más eficaz para el ánimo colectivo. Frei recogió el gesto. Ganó en 1993 anunciando “los nuevos tiempos”.
El gobierno actual podría intentar algo semejante, si desea revertir el pesimismo convocando a un proyecto compartido. Tomar aire y anunciar que la emergencia terminó.