La disminución de recursos hacia las humanidades y ciencias sociales que ha previsto el Gobierno —en favor de lo que a su juicio son áreas prioritarias— es una grave lesión a las universidades y la esfera pública. Y vale la pena revisar por qué.
Para ello es imprescindible recordar lo que caracteriza a las humanidades, el hilo que uni?ca y vincula a quienes descifraban textos en Pérgamo, a Lorenzo Valla y Petrarca, que recuperaban el saber de un Cicerón o un Quintiliano, a un crítico literario dedicado hoy a Derrida o a los estudios culturales, a un arquitecto que indaga en la forma en que la ciudad distribuye el espacio, a un artista que explora en la música o la plástica aquello que no puede ser dicho y a un historiador que revisa la memoria colectiva.
¿Qué tienen en común esos quehaceres en apariencia indisciplinados y diversos? Lo que tienen en común es que todos ellos están empeñados en descifrar los signi?cados que subyacen a la creación humana, en indagar y explorar las mallas de signi?cado que confieren sentido a la realidad que nos rodea. Porque no vivimos rodeados de cosas, sino de significados. Y cuando las humanidades y las ciencias sociales develan esos significados, o los critican, o los exploran, muestran que el mundo es contingente y de esa manera señalan los intersticios por donde se insinúa la posibilidad de un mundo distinto al que hoy día poseemos.
En esa tarea las humanidades poseen un gigantesco potencial crítico, desde luego, pero también político porque rehúsan, con muy buenas razones, a creer que el mundo que tenemos es de?nitivo y nos recuerdan una y otra vez que la condición humana consiste en interpretarse a sí misma y por esa vía en inventarse.
Lo anterior es lo que hace imprescindibles a las humanidades, por lo pronto, en la universidad contemporánea. La universidad afirma la posibilidad de saber, pero al mismo tiempo descree de esa posibilidad. La universidad es, por eso, la única institución de la sociedad moderna que hace de la re?exión radical su quehacer más propio; sin ellas la sobreabundancia de información en vez de servirnos nos desorientaría y los avances tecnológicos en vez de proveernos bienestar podrían acabar sometiéndonos, o lo que es peor, y como hoy día está ocurriendo, acabarían erigiendo al técnico en el profeta de nuestro tiempo.
Pero incluso más allá de eso, las humanidades no solo con?guran al quehacer más propio de las universidades, sino que hacen posible el ámbito de lo público, ese ámbito donde se plantea y se intenta, una y otra vez, responder la pregunta que Platón puso en la República diciendo que era la más importante de todas: ¿cómo es que debemos vivir?
Si la condición humana no fuera contingente, si no supiéramos o no se nos recordara que la vida humana se sostiene a sí misma tejiendo signi?cados, entonces ninguna deliberación acerca de la vida en común tendría sentido, y la política quedaría reducida a un policy making que no sería capaz de orientarse a sí mismo. Heidegger profetizó en uno de sus textos que cuando la técnica lo invadiera todo, y las masas se reunieran en asambleas populares y el “boxeador rigiera como el gran hombre de la nación” (¿acaso no es ese nuestro mundo?), entonces “justamente entonces —dijo Heidegger— cruzarían todo ese aquelarre como fantasmas las preguntas ¿para qué?, ¿hacia dónde? y ¿después qué?”.
Devaluar a las humanidades o las ciencias sociales, empujarlas fuera del espacio público en favor de la tecnología, es un error de proporciones gigantescas que no solo erige al técnico en el profeta de nuestra época, sino que hace de la política un puro policy making.
En estos mismos días en que se hizo este anuncio que desprecia (no hay otra forma de describirlo) a las humanidades y las ciencias sociales se discuten iniciativas de ley —como el relativo al aborto, la gestación subrogada o la selección escolar— para cuyo análisis se requiere una conciencia esclarecida acerca de la índole moral e histórica de nuestra condición. Y es de veras contradictorio que mientras esos problemas, y otros semejantes como la Inteligencia Artificial, asoman en la conciencia pública, en momentos en que la técnica parece sustituir todo discernimiento y reemplazarlo por la simple capacidad de manipular la realidad, el Gobierno consienta en disminuir el apoyo a los quehaceres intelectuales que indagan en ellos, como si esos problemas fueran puramente ideológicos o de preferencias y no de razones cuyo examen es la vocación más propia de las humanidades y las ciencias sociales.
Rector UDP, académico de número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales