La reciente victoria de Abdul El-Sayed y otros candidatos de extrema izquierda del Partido Demócrata en las primarias de Michigan, Nueva York y Colorado está siendo vista por muchos como una señal de que la oposición estadounidense está dando un giro radical hacia la izquierda en reacción a la extrema derecha del Presidente Donald Trump.
Puede ser, pero no creo que el Partido Demócrata se haga un harakiri político abrazando un “Yihadismo del Siglo XXI”, o algo parecido.
Es probable que el triunfo de El-Sayed —y el de los candidatos que se definen como demócratas socialistas en las recientes primarias en Nueva York y Colorado— sea un fenómeno pasajero que se estrellará contra la pared en las elecciones legislativas de noviembre.
En otras palabras, si los candidatos demócratas de ultraizquierda no se mueven rápidamente hacia el centro y abandonan algunas de sus posturas más extremas —como abolir por completo el servicio de inmigración, achicar la policía y cerrar el Senado—, tienen todas las de perder ante sus rivales republicanos en noviembre.
Aunque algunas de las posturas de los demócratas socialistas son atractivas, como la medicina gratuita, otras son un disparate.
La página web del movimiento, por ejemplo, contiene un editorial de apoyo a la dictadura de Cuba que termina con la frase: “¡Viva la Revolución Cubana!”. La plataforma oficial del movimiento exige tomar el control de las grandes corporaciones y “terminar con la oligarquía capitalista”.
No es casual que Trump y los republicanos estén celebrando públicamente la victoria de El-Sayed: saben que será un candidato más fácil de vencer que un demócrata moderado. Para gran parte del electorado de Estados Unidos, la palabra “socialista” sigue siendo un insulto.
De todos modos, es indudable que la victoria de El-Sayed sacudió el escenario político estadounidense.
A diferencia del triunfo de los demócratas socialistas en Nueva York y Colorado, El-Sayed ganó una primaria en un estado más conservador. Y lo hizo sin contar con el apoyo de la cúpula del partido, y gastando diez veces menos dinero que su rival.
Su triunfo es un indicador de que la ultraizquierda está ganando terreno a nivel nacional, aprovechando el descontento general por la carestía de la vida, los recortes presupuestarios y la corrupción del gobierno de Trump. Una encuesta de CNN muestra que el 34% de los demócratas ya se define como “demócratas socialistas”.
Pero, a pesar de todo esto, será difícil que los demócratas socialistas logren apoderarse del Partido Demócrata e imponer un candidato para las elecciones presidenciales del 2028.
En primer lugar, no tienen un apoyo mayoritario ni dentro de su propio partido. El-Sayed, que no se define como demócrata socialista pero está respaldado por el movimiento, ganó por un pelo: aunque las encuestas previas le daban un 15% de ventaja, terminó ganando por el 1% del voto. La mitad de los votantes de su propio partido no lo apoyaron.
En segundo lugar, en su afán de ganar el voto joven y estudiantil, los candidatos como El- Sayed se han rodeado de personajes que serían políticamente radioactivos en una elección general.
El-Sayed ha hecho campaña junto con Hasan Piker, un influencer que llegó a decir que Estados Unidos “se merecía” el ataque de Al Qaeda contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001. Además, Piker ha expresado simpatía por grupos terroristas como Hamas y Hezbolá.
El-Sayed centró buena parte de su discurso en atacar a Israel, lo que llevó a Trump a decir que “odia a los judíos”. El candidato demócrata niega ser antisemita, pero su resistencia a aceptar el derecho de Israel a existir como estado judío —de la misma forma en que 27 países son oficialmente musulmanes— les da munición a sus críticos.
Los demócratas socialistas y sus aliados están confiados en que seguirán ganando elecciones gracias al creciente rechazo del electorado a Trump.
Sin embargo, no apostaría a que lleguen mucho más lejos. Si llegan a ganar en noviembre y terminan imponiendo un candidato presidencial para el 2028, sería un autogol para el Partido Demócrata: será difícil que un crítico del capitalismo pueda ganar la Casa Blanca en la potencia más capitalista del mundo.