Se dice que Edgardo Boeninger dejó de ser partidario del parlamentarismo cuando conoció al primer Parlamento chileno después de la dictadura. Y visto con la perspectiva del tiempo, ese Parlamento era para ponerlo en una enciclopedia.
Esta semana las honorables Campillai y Flores tuvieron un mediático intercambio de pareceres, a grito limpio. Coprolálico, grotesco e indigno.
“Cuma”, “barza”, “señora de feria”, “delincuente”, entre otras frases, fueron los argumentos esgrimidos para intercambiar opiniones. Podría haber sido el estadio, una fonda, un tugurio o un garito. Pero no. Era el Senado de la República.
Platón sostenía que una ciudad difícilmente prosperaría si era conducida por quienes no eran sabios. Aristóteles declamaba por políticos que propiciaran el bien común. Cicerón insistía en que el gobernante debía ser, ante todo, un ejemplo de virtud.
Qué lejos de ese ideal estaba la escena descrita en la calle Pedro Montt. Aunque con mucho menos nos habríamos conformado.
Si no hubiera sido más que una anécdota nos daría risa. Y si no fueran tan dañinas nos darían lástima. Pero no. De alguna forma el episodio Campillai-Flores no es más que una muestra de la depreciación que ha tenido el Senado chileno. Un proceso que se inició en los 90 y que se agudizó en la última elección (donde salieron los Insulza, los Lagos Weber, los Galilea o los Kast). Sus reemplazos fueron, en general, varios peldaños más abajo. En todo sentido. En intelecto. En virtudes. En responsabilidad.
Se ha dicho muchas veces que el éxito de la transición chilena fue el crecimiento económico logrado en ese período. Sin embargo, parte importante del éxito también fue la buena política, que distinguió a Chile de todos sus vecinos. La decencia, lo “poco cuma” en palabras de Campillai. Mal que mal, la política está necesariamente por sobre la economía. Y la política, con sus defectos, fue luminosa.
Es cierto que Chile y el mundo vivieron un paréntesis a finales de los 90, cuando los acuerdos primaron, las ideologías se enterraron y el consenso triunfó. Hoy el mundo ha vuelto a vivir lo que ha sido propio de la historia: la polarización, la pugna de ideas. Por lo tanto, no se puede añorar un pasado que no volverá.
Por lo demás, senadores irresponsables, flojos, delincuentes siempre existieron en Chile. Pero probablemente nunca existió en Chile un Senado, en términos generales, más depreciado intelectualmente y más performático que este. Y eso es para preocuparse.
Los antiguos griegos llamaban a la política el arte de gobernar la ciudad. Hoy se ha convertido en el arte de salir un segundo en la televisión o viralizarse en las redes sociales. Y si Platón soñaba con filósofos gobernando; hoy probablemente se conformaría con encontrar alguno que hubiera leído el resumen de “La República”.
Todo lo vivido vuelve a poner en necesidad la urgencia de reformas políticas. Un tema poco sexy, pero fundamental.
Pocas reformas, pero que logren disminuir los partidos y evitar el discolaje. Con partidos políticos fuertes y dejando atrás la fantasía de los “independientes”, que no es más que la antipolítica. Con eso ya se lograría bastante.
Pero es difícil. Las reformas políticas no están arriba en ninguna encuesta. Y hay algo peor que ya nos advierten los libros de ciencia política: la dificultad de cambiar las condiciones de los sistemas políticos cuando quienes deben hacerlo han sido electos por el viejo sistema.
Pero todavía es tiempo.
Y es urgente.
De lo contrario, nos vamos a llenar de cumas, barzas y delincuentes.