El Congreso está a punto de despachar una reforma económica de gran magnitud. Rebaja del impuesto a las empresas, invariabilidad tributaria y fin de las contribuciones para los mayores de 65 años en su primera vivienda. Quedan flecos, pero el corazón está aprobado. El logro no tuvo efecto alguno en la evaluación del Presidente Kast, que la última semana incluso bajó y se ubica en torno al 35%, según qué encuesta se mire.
Dicho en simple, la reforma no entusiasma más allá de la élite política y económica que adhirió al proyecto desde el principio. Es una luz amarilla. Hace menos de un año Kast fue electo con 58% de los votos y hoy lo aprueba poco más de un tercio del país. Un gobierno que aspira a proyectarse más allá de su mandato no puede quedarse tranquilo con esa brecha. Y confiar en que al final del período la gente valorará lo hecho es una apuesta frágil, pues los resultados, por buenos que sean, nunca hablan por sí solos. Baste recordar que el primer gobierno del Presidente Piñera creció a un promedio anual de 5,3%. Aun así, Michelle Bachelet lo sucedió con el 62% de los votos en segunda vuelta.
Ahora bien, que no hubo relato en torno a la reforma salta a la vista. Todo el foco estuvo en el proceso. Los votos que se necesitaban para aprobarla, el artículo que sobrevivía o se caía, las exigencias del PDG a cambio de su apoyo. No se la dotó de una historia con la que un ciudadano común pudiera ilusionarse.
Pero el asunto es más profundo, porque el Gobierno no parece comprender que hoy la política se juega en la economía de la atención. Lo escaso ya no son los mensajes, sino el tiempo y el interés que las personas están dispuestas a destinarles, y por ese tiempo el Gobierno pelea contra una pantalla de teléfono que cambia de contenido cada quince segundos. Sin una buena historia ni siquiera se entra en esa disputa. Y toda buena historia se arma igual. Un protagonista reconocible, un obstáculo que le impide vivir mejor, alguien que decide enfrentarlo y un desenlace que se manifiesta en la vida cotidiana. Lo que no viene empaquetado de esa manera no existe en el radar de las personas.
Dos figuras con altos niveles de aprobación entienden esto. Zohran Mamdani, el socialista que gobierna Nueva York desde enero, contó una historia. Que el neoyorquino gaste medio sueldo en arriendo no es una fatalidad, sino el resultado de decisiones que otros tomaron por él, las de los propietarios que suben el precio cada año y las de los políticos que lo permitieron. Por eso impulsó el congelamiento de arriendos, y ese neoyorquino lo comprueba a fin de mes. Nayib Bukele, en la vereda opuesta, hizo lo mismo con otro material. Que el vecino pagara peaje para cruzar su propia cuadra no era el destino inexorable de El Salvador, sino el fruto de un país entregado a las pandillas, y él iba a recuperarlo. Hoy ese vecino camina de noche por su barrio. Un socialista y un hombre fuerte de derecha no comparten idea alguna sobre el mundo. Pero entienden que sin una historia no hay atención, y sin atención no hay nada.
El Gobierno, en cambio, parece haberse definido a sí mismo como fome, según compartió hace unas semanas la exvocera Mara Sedini. Quizás lo haga por contraste con el gobierno de Gabriel Boric, que capturaba la atención, pero cada semana la volcaba en su perjuicio con un error ostentoso. La fomedad sería entonces el antídoto. El problema es que abrazar esa bandera no resulta neutral. En estos tiempos equivale a renunciar a competir.
Esta reforma se tramitó como un expediente. Tenía todo para ser contada de otro modo, porque la rebaja de impuestos supone empleos que podrían volver, y la exención de contribuciones, un jubilado que deja de temer por su casa. Nada de eso se instaló. Y cuando un gobierno no cuenta su historia, otros la cuentan por él.
Los estudiantes ya empezaron a armar la suya. Es la de una reforma hecha para las grandes empresas, que debilita la educación, deja sin plata a los ministerios sociales y agranda la brecha entre ricos y pobres. Menospreciar a un movimiento social incipiente rara vez sale barato en Chile. El Gobierno puede aprobar una ley más o una ley menos. Pero en la economía de la atención, sin una historia propia, no podrá aspirar a la continuidad.