La pugna por los impuestos recorre la historia humana. Revueltas y revoluciones estallaron por un alza abrupta en los tributos. La chispa que desencadenó la Guerra del Pacífico tuvo algo que ver con la violación de la invariabilidad. En el Tercer Mundo, cuando surgía una fuente de riqueza, por sospecha de que los gobiernos no percibían el debido tributo (cifra siempre relativa), se la tendía a asfixiar con impuestos que resultaban en heridas autoinfligidas. Había una tendencia suicida a matar la gallina de los huevos de oro esgrimiendo políticas tributarias asfixiantes, amén de erráticas.
Nuestra gran empresa pública, Codelco, y en general el cobre en Chile, han estado desde hace más de medio siglo relacionados con aspectos de la invariabilidad, el tema del día. En líneas generales, desde la nacionalización, Codelco se ha manejado con racionalidad empresarial, aunque no ha dejado de ser víctima de la expectativa poco racional y en la actualidad esto vuelve a provocar un fuerte debate; su desafío es seguir siendo empresa autónoma del Estado dentro de las reglas del juego de lo que debe ser una empresa.
Justamente la historia del cobre en Chile es muy rica en los caprichos tributarios. Desde fines de los 1930, la presión política por extraer más recursos se efectuaba según la expresión, confesada o no, de que “los gringos nos hacen lesos”, un cuento, si por ello se entiende un despojo sistemático que explicaría nuestra pobreza (lo mismo aplicaría para “plusvalía” o “excedentes”). El resultado, una asfixia de inversión sin obtener mayores ingresos fiscales. El Nuevo Trato de 1955 fue la respuesta, la más sensata en esas circunstancias, que congelaba por un tiempo toda alza de tributos (¿suena conocido?). A los pocos años, la impaciencia política anuló sus posibilidades y dio paso al impulso nacionalizador. Después, las medidas más decisivas fueron dos: el Código Minero de 1982, que dio paso a una gran minería privada que mucho aportó; y el Fondo de Estabilización del Cobre, de 1987. Ambas tenían que ver con estabilidad y previsibilidad, que en tributación se puede llamar a veces invariabilidad por un plazo adecuado; hay algo de analogía con la regla fiscal. Son formas de autodisciplina.
Si en las empresas estatales, que tienen las (en apariencia) poderosas espaldas fiscales, esto es difícil, con mayor razón lo es en las empresas privadas, donde la persistencia de las condiciones iniciales es condición sine qua non. De esto se trata el debate del día en nuestro país. Es la razón que lleva a pensar que la invariabilidad, dentro de sus límites, como todo, no puede ser extraña a un buen diseño legal (en otro sentido, lo mismo vale para eliminar algunas contribuciones sin pensar en el financiamiento del fisco).
Contribuye al cuadro el que las administraciones presidenciales duran 4 años, y las prácticas tributarias solo pueden ser apreciadas en períodos bastante más largos, especialmente en las grandes inversiones. Cultura, preparación profesional y sensatez de una clase política son los únicos antídotos contra las veleidades del espíritu cerril. La tentación más común y peligrosa, es que, ante cualquier hecho imprevisto, se declare una excepción y se modifique el sistema: es la tentación de confundir la normalidad —que incluye corcoveos— con la excepción, y esta última se eterniza. Nuestros países son muy propensos a vivir cambiando de receta porque las cosas no resultan en plazo breve, cuando la mayoría de ellas, por naturaleza, demoran tiempo en rendir frutos. Nos persigue esa historia de redescubrir la rueda con cada nueva propuesta tributaria. ¿Podremos escapar de esta maldición?