Hay algo que, como sociedad, siento que hemos ido olvidando: que una democracia no se construye solamente ganando elecciones, aprobando leyes o imponiendo mayorías. Se construye, principalmente, aprendiendo a convivir con quienes piensan distinto, a ceder cuando es necesario y a buscar acuerdos, incluso cuando alcanzarlos es muy complejo.
Lo veo en la política chilena, donde las diferencias se han profundizado y el adversario es, con demasiada frecuencia, tratado como un enemigo. La discusión pública parece estar más determinada por la necesidad de imponerse que por la voluntad de construir.
En este escenario, hablar de acuerdos puede parecer ingenuo. Pero probablemente nunca ha sido más necesario. Me pregunto cómo recuperar esa capacidad. Quizás, una buena parte de la respuesta no está en la misma política, sino en la educación.
Este año, el Colegio San Ignacio, en calle Alonso Ovalle, cumple 170 años. Como exalumno, este aniversario —en los días de la Fiesta de San Ignacio— me invita a mirar hacia atrás y reconocer el aporte de miles de exalumnos que, desde distintas vocaciones y ámbitos, han participado en la construcción de nuestro país. Por sus aulas han pasado personas dedicadas a la Iglesia, la política, las artes, la ciencia, la educación, las comunicaciones, el deporte o la empresa. Caminos muy distintos, pero unidos por una formación que buscó preparar no solo para una profesión, sino para una vida al servicio de las y los demás.
Cuando miro esa diversidad de trayectorias, pienso que ahí hay una idea especialmente relevante para Chile hoy: una educación verdaderamente integral no debería formar personas para que piensen igual, sino personas capaces de escuchar, discernir y convivir con quienes piensan distinto. Personas que entiendan que sus talentos no son solo una herramienta para su desarrollo personal, sino también una responsabilidad frente a la sociedad.
Esa es una de las cosas que valoro de la formación jesuita que recibí. El haber entendido que aprender no consiste únicamente en adquirir conocimientos, sino también en preguntarse qué hacemos con eso que aprendemos y qué responsabilidad tenemos frente a los demás.
La política necesita mejores decisiones e instituciones, pero también mejores ciudadanos. Personas capaces de entender el servicio público como una vocación y no como un espacio de poder. Personas que sepan que alcanzar acuerdos no significa renunciar a sus convicciones, sino reconocer que una sociedad plural requiere construir con otros.
Creo que eso se aprende y forma desde temprano: cuando escuchamos una opinión diferente sin descalificarla, cuando revisamos nuestras propias certezas y cuando entendemos que el bien común exige salir de la comodidad del propio interés.
Por eso, el lema que ha acompañado la historia del Colegio San Ignacio —“Entramos para aprender, salimos para servir”— tiene para mí un significado que trasciende a una comunidad educativa. Me recuerda que el conocimiento adquiere su verdadero sentido cuando se pone al servicio de algo mayor que yo mismo.
Los 170 años del colegio del que fui alumno y la Fiesta de San Ignacio el pasado viernes 31 de julio son una oportunidad para agradecer una historia, pero también para preguntarnos por el futuro. En tiempos en que nuestra política parece tener tantas dificultades para alcanzar acuerdos entre derechas e izquierdas, quizás debamos preguntarnos no solo qué queremos que nuestros jóvenes aprendan, sino para qué queremos que lo aprendan.
La respuesta que recibí y que con los años he aprendido a valorar cada vez más, es sencilla, pero exigente: para servir.
Porque la calidad de una sociedad depende de la calidad humana de quienes la construyen. Y formar personas capaces de poner sus talentos al servicio de los demás puede ser, todavía hoy, una de las mejores formas de preparar a Chile para su futuro.
Fernando Paulsen