Señor Director:
Replico al profesor Peña:
1. Él mira como un principio la idea de que el Estado debe ser neutral en materia religiosa. Ese principio no existe; lo único que hay entre nosotros es la libertad religiosa. No está de más recordar lo que nos dice Rousseau en “El contrato social”: que el Estado tiene que aceptar la existencia de Dios, y que Dios es inteligente, bienhechor y providente, y que en la vida futura dará la felicidad a los justos (capítulo X).
2. Dice el profesor Peña que la tradición de actos de religiosidad de nuestras autoridades desde el principio de la República hasta ahora no prueba su licitud. Replico que sí la prueba, porque tales actos siempre han sido realizados en concepto de lícitos: ha existido el juicio constante en el tiempo de que estaban bien. Es algo análogo a lo que ocurre con la jurisprudencia y con la costumbre jurídica.
3. Añade que hay que ver si esa tradición está a la altura de nuestros compromisos actuales. Replico que no hay ningún compromiso actual en la materia y, si lo hubiera, carecería de todo valor.
4. Señala que las invocaciones de Dios en los discursos de los presidentes Jorge Alessandri y Sebastián Piñera no tendrían contenido confesional, sino que serían “deísmo ceremonial”. Replico que con esa manera de ver las cosas, cuando Prat abordó el “Huáscar”, su acto no fue de heroísmo y amor a la patria, sino de acrobacia naval. Además, en su discurso en las Naciones Unidas, don Jorge Alessandri dijo que tanto “el astronauta que se asoma a las blancuras estelares, como el físico que explora la intimidad recóndita de los átomos, tiene que ver la existencia de Dios”: ¿qué tiene esto de ceremonial?
5. Supuesto que Joseph Ratzinger haya pensado hasta el final de sus días lo que se dice en la cita del profesor Peña, ese pensamiento privado de él no sería un acto de magisterio, y no podría derogar lo dicho por el Concilio Vaticano II “sobre el deber moral de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”.
José Joaquín Ugarte Godoy