Llego a Italia por una invitación inesperada a participar en un festival en la ciudad de Letino. Daré en él una charla que titulo “Conversaciones con el alma: la otra conversación en tiempos de la IA”. Me piden que la dé en francés, lo que me inseguriza, a pesar de que es casi una segunda lengua para mí. Ese público no me conoce y los franceses que estarán ahí descubrirán mis errores gramaticales y fonéticos, y no sé si este tema que expondré les hará sentido. Y de este festival tengo muy pocas referencias. ¿Por qué se hace en un pueblo perdido en las montañas, donde no llegan los turistas, a una hora y media de Nápoles? Descubro que, una vez al año, el festival le vuelve a dar vida a un lugar cuyos jóvenes lo han abandonado en busca de un mejor destino. Como tantos pueblitos de Europa que sufren el drama del desarraigo de la tierra, el envejecimiento de su población y el vaciamiento de sus iglesias. La muerte de Dios y la muerte de la tierra, para decirlo de manera fuerte.
A pesar de mis nervios y dudas, mi charla tiene muy buena llegada: preguntas profundas, reflexiones de un público de todas las edades, venidos de todas partes de Europa, que se emocionan cuando me escuchan hablar de la filósofa española María Zambrano, autora de “Para un saber sobre el Alma”, donde afirma que la palabra Alma fue reemplazada por la palabra “psique”, y el Alma quedó circunscrita al ámbito de la psicología. ¿Qué puede decirles un sudamericano —pienso mientras expongo— sobre el Alma a los habitantes de la vieja Europa? En los días del festival, descubriré que, en medio del desconcierto, la crisis geopolítica actual, el miedo a la guerra, hay europeos que anhelan escuchar otra vez la palabra Alma, que muchos intelectuales han tirado al olvido. ¿Y dónde está el Alma de Europa?, me pregunto.
Continúo viaje a Roma, donde pasaré un par de días. La ciudad eterna está colapsada de turistas y un calor casi apocalíptico. Estuve aquí, muy joven, el año 1983. Tenía 22 años. Por casualidad (yo no andaba buscando nada), entré en la iglesia de Saint Louis des Francais. Traté de mirar las pinturas en los muros, pero todo estaba en penumbras y había que colocar “500 lire” en una maquinita para que las luces se prendieran. Lo hice (eran mis últimas reservas de estudiante empobrecido) y de pronto, desde la nada, irrumpió, casi cegándome, un cuadro que me golpeó de inmediato, como un relámpago en la cara: “La elección de Mateo”, del Caravaggio. La escena muestra a un grupo de recaudadores de impuestos (el oficio más despreciado en la época) “contando las chauchas”. Del fondo izquierdo del cuadro irrumpe un brazo que apunta con el dedo a uno de los recaudadores. Es Mateo. El dedo apuntador (de Jesús) inunda de luz la penumbra (mi penumbra también) y es el Maestro que acaba de elegir a un “pecador” como uno de sus discípulos. Los otros recaudadores de impuestos miran incrédulos: “¿Él? ¿Lo escoges a él?”. El pintor, que también frecuentó los bajos fondos y del que se dice fue asesino, trajo una luz y un realismo humano a la pintura novedosos y casi escandalosos.
Esa pintura me persiguió por años. Tanto, que me hice la promesa ese día de que, si algún día tuviera un hijo, lo llamaría Mateo. 40 años después, estoy en esta iglesia francesa en Roma con mi hijo Mateo, mirando juntos el cuadro. También mis hijos Cristóbal y Samuel. Los abrazo. Me emociono. ¿Dónde está el Alma de Europa? Tal vez en este cuadro de un asesino y pintor italiano del siglo XVII, y en ese gesto radical que invita a un pecador a seguir a un Maestro. ¿Pero dónde está el Maestro hoy, dónde está Dios? Salgo otra vez a la calle bajo un sol abrasador, millones de turistas en decenas de lenguas se empujan para sacarse selfies frente a cuadros que ya no contemplan. ¿Ya no hay Alma en estas calles antiguas? Siento que la luz de un cuadro y de un gesto pueden salvarnos. Justo cuando ya no esperábamos nada. Incluso en la vieja Europa que parece, a veces, vencida y perdida.