Durante décadas, el comercio internacional se organizó sobre una premisa compartida: abrir mercados, reducir barreras y fortalecer reglas comunes era beneficioso para todos. Esa convicción permitió a Chile insertarse en el mundo, acceder preferencialmente a economías que representan cerca del 89% del PIB global, diversificar destinos y convertir el comercio exterior en una política de desarrollo. Hoy esa lógica convive con nuevos desafíos.
Así lo refleja la evolución reciente de la política comercial de Estados Unidos, que ha incorporado crecientemente aspectos de seguridad económica y competencia estratégica en la definición de sus medidas comerciales. En ese contexto, distintos instrumentos legales han dado lugar a la aplicación de medidas arancelarias que alcanzaron a más de 80 economías y, en su decisión más reciente, a 60 de sus principales socios comerciales, que representan el 99,4% de sus importaciones.
Es importante entender que este es un mecanismo que no tiene que ver con el destinatario. No evalúa la relación bilateral con cada uno de los países alcanzados, sino que responde a criterios de aplicación general definidos por la política comercial estadounidense.
En este escenario, a diferencia de lo que se ha tratado de instalar, Chile no está siendo complaciente, sino todo lo contrario. Está siendo un país que entiende cómo se construye una política comercial de largo plazo, donde la mejor decisión no siempre es la que ofrece el mayor beneficio inmediato, sino la que sigue siendo correcta cuando pasa la urgencia.
Nuestro país no está eligiendo entre un arancel de 10% o uno de 12,5%. Está decidiendo cómo quiere relacionarse comercialmente con el mundo durante las próximas décadas. Especialmente con un país con el que mantiene un Tratado de Libre Comercio hace más de dos décadas y que, aun en el contexto actual, sigue entregando acceso preferente al 53% de nuestras exportaciones a Estados Unidos.
Chile está siendo prudente porque tiene mucho más que proteger que una tasa arancelaria. Y esa prudencia no significa inmovilismo. Mientras seguimos negociando bilateralmente con Estados Unidos para que más productos chilenos queden excluidos de la medida arancelaria, también estamos acelerando una política de Estado de diversificación de mercados mediante nuevas negociaciones comerciales con India, Filipinas, Bangladesh y Marruecos, entre otros mercados, los cuales podrían generar beneficios para más del 80% de nuestra canasta exportadora.
En un escenario internacional más incierto, fortalecer el acceso a múltiples mercados es la mejor forma de reducir riesgos y proteger a nuestros exportadores. Ello es especialmente relevante si consideramos que hoy cerca del 88% de nuestras exportaciones se concentran en apenas diez mercados.
Además, conviene tener presente que este proceso aún está en desarrollo. Los mecanismos arancelarios adoptados por Estados Unidos siguen evolucionando y los procesos de implementación todavía no concluyen. Por eso, más que reaccionar frente a cada decisión de corto plazo, Chile ha optado por una estrategia de prudencia, negociación y diálogo permanente.
La fortaleza de Chile nunca ha consistido en reaccionar de manera visceral frente a cada cambio del escenario internacional. Ha consistido en construir una política comercial seria, estable y de largo plazo, capaz de adaptarse a un mundo que cambia, sin perder sus principios. Eso es lo que como Gobierno estamos haciendo. Negociando para obtener las mejores condiciones para nuestros exportadores, resguardando siempre los intereses del país, sin perdernos en el apuro.