Las recientes declaraciones del canciller chileno sobre el lugar que ocupa Estados Unidos en la política exterior de su país han suscitado un interesante debate en Chile. Con pocas excepciones, la afirmación de Francisco Pérez Mackenna de que Washington es el “principal socio estratégico de Chile” apenas ha repercutido en el resto de América Latina, pese a su evidente relevancia regional. Por eso me permito inmiscuirme en una discusión chilena, pero también mía, como mexicano y latinoamericano.
Para todos los países de la región, la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos plantea un dilema de gran trascendencia. Conviene distinguir dos Américas Latinas. Los países de la Cuenca del Caribe, de Panamá hacia el norte, tienen una inserción internacional centrada en Estados Unidos. Su comercio, inversión, migración, turismo y, en general, sus vínculos externos dependen principalmente de Washington. Las razones son geográficas, pero también históricas y culturales. Además, carecen de los recursos naturales que demanda China.
A contrario sensu, América del Sur se encuentra en una situación diferente. Para casi todos sus países, China es el principal socio comercial y una fuente decisiva de inversión, basada en la exportación de materias primas: cobre, hierro, soja o petróleo. Colombia y Venezuela ocupan una posición intermedia, que puede inclinarse hacia uno u otro lado, como ha sucedido recientemente con Venezuela después del 3 de enero.
Para los países del norte de la región no existe una opción realista de equidistancia entre Washington y Beijing. La profundidad de sus vínculos con Estados Unidos y su vulnerabilidad frente a cualquier presión norteamericana hacen inviable una postura neutral. A lo sumo pueden aspirar a cierta autonomía en asuntos multilaterales, alguna identificación ideológica —a mi juicio, equivocada— con regímenes como el cubano y libertad retórica pour la gallerie. Así lo entendieron sucesivos gobiernos mexicanos y lo viven los países de Centroamérica y el Caribe, incluida la dictadura nicaragüense.
Dejando a un lado a Brasil, que por sus dimensiones y sus ambiciones se cuece aparte, los demás países sudamericanos disponen de un margen mayor. China no exige hoy un alineamiento geopolítico: busca acceso a recursos naturales y, ocasionalmente, respaldo en foros multilaterales. Estados Unidos, en cambio, procura una mayor homogeneidad regional en materia geopolítica, ideológica y, sobre todo, de seguridad.
El Escudo de las Américas, por ejemplo, representa un esfuerzo por alinear a todos los gobiernos de la región con la militarización —tan sangrienta y fallida en México, por ejemplo— del combate al crimen organizado. También abundan las presiones estadounidenses contra acuerdos sudamericanos con China. Seguirán. Pero el interés estratégico de Washington en esos países simplemente no reviste una magnitud análoga a la de México o República Dominicana.
Por ello, Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Paraguay y Uruguay pueden permitirse, con ciertos costos y concesiones inevitables, una política de no alineamiento. Tienen espacio para acercarse a Beijing en comercio, tecnología y financiamiento, y coincidir con Washington en asuntos como cambio climático, democracia, derechos humanos o apertura comercial, aunque la administración Trump aborrezca esos principios.
La jerarquía que estas capitales establezcan entre Washington y Beijing, como la propuesta por el canciller chileno, no responde a una realidad material, sino a una preferencia ideológica, comprensible pero innecesaria. Como sostuvimos Ricardo Lagos, Héctor Aguilar Camín y yo, en un libro publicado hace algunos años, la nueva soledad de América Latina nació de la ideologización de su política exterior impulsada por Hugo Chávez tras la Cumbre de Mar del Plata de 2005. Resulta irónico que un gobierno chileno situado en las antípodas del chavismo termine adoptando, en el fondo, la misma lógica. Para Chile no es necesario ni deseable. Ojalá mi país disfrutara de la misma libertad, que no debe malbaratarse.