Señor Director:
De las muchas cosas que pueden extraerse del mito sobre el origen de la escritura narrado en el Fedro de Platón, que ha sido citado en este espacio en relación con el uso de la IA, una de las más interesantes es la ambivalencia de la palabra “fármaco”.
Tal es el término usado en el diálogo para nombrar el invento —la nueva tecnología— que el dios Theuth le presenta al rey Thamus. La escritura, dice Theuth, es un fármaco que hará invencible la memoria, un remedio contra la desaparición de los saberes presentes y pasados, y por extensión contra la ignorancia. Sin embargo, la palabra fármaco (phármakon) significa originalmente no solo remedio, sino también veneno. Y eso es lo que hace ver el rey Thamus: la escritura tendría, también, la facultad de aniquilar el conocimiento, ya que los individuos podrían usarla solamente para acumular y reproducir información sobre las cosas, debilitando con ello su capacidad de explorarlas y conocerlas por sí mismos, que es la fuente de lo que el rey Thamus considera verdadero conocimiento o sabiduría.
La analogía con la IA es evidente. Estamos ante un nuevo y superlativo fármaco: medicina y veneno al mismo tiempo. La IA no será lo uno ni lo otro por sí misma; lo será según la inteligencia humana que la gobierne, oriente y dosifique. Por esta razón, hoy más que nunca nuestra educación —en todos sus niveles, desde la enseñanza básica hasta el posgrado y educación continua— debe poner en su centro el ejercicio del razonamiento y del juicio, la formulación de preguntas, el discernimiento ético, la capacidad de argumentación y de análisis, entre otras habilidades que conforman lo que llamaríamos una inteligencia humana bien formada.
Niels Rivas Nielsen
Decano Facultad de Artes Liberales UAI