El Parlamento, preso de una mezcla de demagogia y utopía, quiso meterle mano al interés, pensando absurdamente que una ley es suficiente para cambiar el funcionamiento de los mercados.
No. No se trata de lo que ocurrió en Valparaíso en 2026.
Se trata de lo que ocurrió en 1691 en el Parlamento inglés, cuando absurdamente se trató de fijar por ley el interés en el 4%.
La propuesta en ese entonces no fue realizada por el diputado Héctor Ulloa, sino que por sir Josiah Child, quien creía que al bajar el interés por ley se lograría la prosperidad que ostentaba Holanda.
Era tal la aberración, que hizo a John Locke escribir un famoso artículo para demostrar el absurdo y los malos efectos. Por supuesto, no fue escuchado. O casi no fue escuchado. El interés finalmente se bajó por ley, no al 4%, sino que al 5%.
La historia no se repite, pero rima, decía Mark Twain. Y la tontera también.
La palabra anatocismo es nueva para casi todos los chilenos. Pero su existencia ha acompañado a la humanidad desde al menos la antigua Grecia.
Mal que mal, se ha dicho muchas veces (y se ha atribuido a muchos autores) que las dos profesiones más antiguas del mundo son la prostitución y la banca. Y donde ha existido banca se ha cobrado interés sobre el interés. El famoso anatocismo.
De nada sirvieron a los honorables chilenos las explicaciones dadas desde el jefe programático de Jeannette Jara a economistas de derecha. El Parlamento lo aprobó igual.
De nada sirvieron las advertencias de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF), de la banca privada, del sector inmobiliario y del propio Banco Central. El Parlamento lo aprobó igual.
De nada sirvieron las advertencias de que si se pone fin, los únicos perjudicados serían quienes pagan a tiempo y que el riesgo se traspasaría de otra forma a los usuarios. El Parlamento lo aprobó igual.
La Cámara de Diputados lo aprobó con los votos de la oposición, la mayoría de los RN, casi todos los del PDG y hasta una diputada libertaria.
79 votos a favor, 57 en contra y 17 abstenciones.
Aprobado. Tal cual.
Una historia muy parecida a los retiros.
Con los retiros se advirtió. Se dijo. Se insistió en los malos efectos que vendrían y que llegaron. Pero en su momento se aprobó igual.
Ahora vendrá el veto aditivo y probablemente no termine siendo ley. Pero eso importa poco. Lo preocupante es cuando la política deja de escuchar argumentos técnicos para congraciarse con la calle, para hacer demagogia o simplemente para tratar de resolver problemas complejos de manera simple.
El emblema de esto último fueron las declaraciones de la excandidata Jeannette Jara proponiendo que “dejen las grandes empresas con anatocismo, si son las que más inciden en el sistema financiero, ¿no? Por algo le acaban de rebajar la tasa de impuesto tanto”, pero que “la pequeña y mediana empresa no puede seguir pagando intereses sobre intereses”.
Demagogia, ignorancia o candidez.
En momentos que ha muerto Cieplan, es necesario recordar la relevancia que tuvieron los centros de estudios en los 90 y los 2000, de distintas sensibilidades y corrientes, para discutir seriamente y de manera técnica las políticas públicas. Eso permitió el mejor momento del país.
Pero los Cieplan han muerto…¡Vivan los Manouchehri!