En estas páginas se ha discutido con lucidez cómo la inteligencia artificial (IA) transformará el trabajo médico. Cabe agregar una mirada adicional: cómo la IA está cambiando la manera en que las personas deciden sobre su propia salud.
Una erupción en la piel de un hijo, un dolor que no se calma, un examen que no se sabe interpretar. En pocos años, millones de personas trasladaron esa primera consulta hacia los buscadores de internet y, más recientemente, hacia sistemas que entregan respuestas personalizadas, estructuradas y entendibles con una seguridad sorprendente. Un 25% de los adultos en Estados Unidos ha usado la IA para consultas de salud, y un estudio reciente en JAMA Network Open mostró que los pacientes la emplean para investigar síntomas, aclarar dudas tras la consulta o comparar tratamientos. Lo que era una curiosidad tecnológica hoy reconfigura la relación médico-paciente.
En la mayoría de los casos, el uso es complementario y virtuoso. La IA promueve la alfabetización sanitaria y favorece pacientes informados que participan en las decisiones sobre su salud. El paciente empoderado es una buena noticia.
Distinto es reemplazar la atención médica. Resulta riesgoso usar la IA para decidir si un dolor torácico puede esperar, interpretar un examen, suspender un tratamiento o descartar una enfermedad grave. Y los datos muestran que ya ocurre: catorce millones de adultos en Estados Unidos cancelaron una visita médica tras la orientación de una IA; más del 40% de quienes la usaron para un problema de salud no consultó después con un profesional, y en el Reino Unido una de cada siete personas prefiere un chatbot antes que a su médico de cabecera. Más sorprendente aún: consultas de salud mental están siendo sustituidas por la IA. ¿La razón? Los pacientes se sienten más escuchados y menos enjuiciados.
¿Tenemos ciertos patrones demográficos o clínicos del uso sustitutivo de IA en Salud? La evidencia muestra que personas entre los 18-29 años triplican esta tendencia. Esto ocurre también en patologías leves como resfríos, infecciones urinarias, erupciones o revisión de exámenes normales. Algunos estudios estiman en un 20 a 30% la reducción de consultas presenciales en áreas como medicina general en un horizonte de 5 a 10 años.
Otra consecuencia que trasciende al paciente individual es la amenaza de perder el primer contacto. Quien responde esa primera pregunta orienta, genera confianza, deriva y define la continuidad del cuidado. Hoy ese lugar lo ocupan plataformas de IA abiertas, aplicaciones digitales y cadenas de retail sanitario ajenas a toda red asistencial. La respuesta no puede ser defensiva, sino estratégica: telemedicina integrada, monitoreo remoto de crónicos, revisión asincrónica de exámenes y modelos híbridos que reserven lo presencial para cuando agrega valor único.
En este escenario, el médico deja de ser la única puerta de acceso a la información para asumir un rol más exigente: validar lo que el paciente ya leyó, integrar datos dispersos y sostener un vínculo terapéutico que ninguna máquina reemplaza.
Bien utilizada, la IA puede ampliar el acceso al conocimiento y enriquecer la relación clínica; usada como atajo, genera una peligrosa ilusión de certeza donde la buena medicina exige prudencia y capacidad para reconocer y valorar la incertidumbre.
La medicina nunca se ha tratado de dar respuestas: consiste en comprender a la persona detrás de los síntomas, decidir cuando la evidencia no es absoluta, acompañar y consolar. Esto debemos recordarlo quienes la practicamos y es ese valor humano el que debemos mostrar a nuestros pacientes a diario.
Dr. Francisco Espinoza
Director Médico Clínica Universidad de los Andes