Una extensa entrevista de la exvocera de Gobierno Mara Sedini en “Sin Filtros” —programa que ha logrado alcanzar significativa audiencia haciendo del debate político una especie de espectáculo, en que tienden a agudizarse la polarización y las descalificaciones— ha generado sorpresa y controversia. Sin duda, Sedini puede tener motivos para sentirse molesta, tanto por el trato recibido cuando fue ministra —particularmente reprochables fueron los ataques que hacían referencia a su vida privada o una dirigida campaña de la oposición para destruir su imagen— como por su abrupta salida del gabinete cuando llevaba solo dos meses en funciones. Sin embargo, lo que sus declaraciones muestran es que, aún hasta hoy, no ha logrado comprender del todo el profundo sentido de Estado del cargo que desempeñó. En un régimen presidencial, los ministros son de exclusiva confianza de quien ejerce la Presidencia, y su comportamiento exige contención y prudencia, incluso después de dejarlo, y ello poco tiene que ver con consideraciones particulares, autorrealización personal o revanchas.
Si de hablar de su paso por el Gobierno se trataba, se habría esperado una mayor reflexión y autocrítica a propósito de una serie de errores no forzados que contribuyeron a distraer el foco público de la agenda del Gobierno. Piénsese, por ejemplo, en su equivocación en el caso del exfrentista Galvarino Apablaza, de quien dijo que se pedía su extradición para que cumpliera condena en el país: alguien en su cargo simplemente no podía desconocer que él está procesado y el juicio sigue pendiente. Recuérdese, también, su afirmación, en plena crisis por el alza en las bencinas, en cuanto a que “el barril de petróleo estaba a dos euros en España”. O, en fin, su inexplicable silencio al ser consultada por periodistas en el Congreso sobre si “¿el Estrecho de Magallanes es chileno?”, entre otros errores de su responsabilidad.
Con todo, lo sucedido vuelve también a poner de manifiesto cuán arriesgada, y finalmente fallida, fue la apuesta que hizo el Presidente Kast al nombrarla en un ministerio —quizá el más difícil de todos, por su alta exposición pública— para el cual no contaba con experiencia suficiente. Este episodio representa así el fracaso de un modelo que despojó a la Secretaría General de Gobierno de parte de sus características ministeriales —asumidas de facto por el segundo piso presidencial—, el cual, incluso prescindiendo de los errores cometidos por ella, la desempoderaba y restaba peso a sus intervenciones, que rápidamente cayeron en la irrelevancia.
Al respecto, cabe observar que lo más grave de lo sucedido con la polémica frase de un “Estado en Quiebra” —distribuida en un documento oficial por las redes sociales de la vocería de Gobierno—, cuya responsabilidad asumió públicamente el director de Comunicaciones y Contenidos del Segundo Piso, Cristián Valenzuela, fue la constatación de que la ministra no estaba ejerciendo a plenitud su cargo y que parecía intervenida. Ahora, la entrevista no hace sino confirmar la debilidad de un diseño como ese, que puede terminar ahogando la tarea de los secretarios de Estado, que son precisamente quienes tienen la responsabilidad constitucional de dirigir sus carteras.
Tras la salida de Sedini, el Presidente optó por otra innovación, no nombrando un nuevo ministro en la Secretaría de Gobierno y entregando la vocería al titular de Interior, Claudio Alvarado, ahora en calidad de biministro. Si bien todavía es pronto para hacer una completa evaluación de este cambio —en el que además se asigna un rol comunicacional clave al subsecretario del Interior—, ya es notorio que también este esquema presenta limitaciones. Algunas de ellas han quedado desnudadas a propósito de las recientes inundaciones, las que coincidieron con la aprobación de la Ley de Reconstrucción, en cuya tramitación Alvarado fue un protagonista fundamental.